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Difícil está siendo empezar este post. Largo rato he pasado frente a la pantalla en blanco, con la mirada perdida, intentando encontrar las palabras con la que explicar el momento en el que nos encontramos.

Y es el que el temido momento de poner el punto y final a esta aventura está muy cerca de alcanzarnos. Ahora ya sí. Muchas veces hemos especulado, tras el escudo protector del tiempo, sobre la llegada de este momento. Creíamos que sería duro. Difícil de aceptar... Y lo está siendo. Un batiburrillo de sentimientos juegan a la danza del tormento en nuestro interior. Por un lado, una voz que nos repite sin cesar que esto se acaba. Que finaliza un sueño. Que es hora de despertar y afrontar la realidad... Por otro lado, una voz algo más dulce intenta convencernos de que jamás hemos estado más en contacto con la realidad como lo hemos sido en estos 19 meses (y pico). Que jamás hemos sido más libres. Que jamás habíamos volado tan alto como lo hemos hecho en este viaje. Que lo vivido, vivido está. Que eso ya nadie nos lo podrá arrebatar. Que es nuestro, sólo nuestro. De Jordi y mío. De nadie más... Y es para siempre.

Evidentemente nos gusta más escuchar la segunda de las voces, pero en muchos momentos se impone la primera, y caemos sumidos en el desánimo. Unas veces es Jordi el que adopta el papel de optimista e intenta infundirme ánimos con atinadas palabras sobre nuevas ilusiones y nuevas etapas. Otras veces debo ser yo la que invoque esas palabras. Y en ocasiones, simplemente nos quedamos callados largo rato, cada uno de nosotros hundido en lo más profundo de sus pensamientos. Pero ambos pensando en lo mismo. Intentando nadar contracorriente ante el implacable reloj del tiempo. Intentando retrasar lo inevitable... Pero lo inevitable está justo al doblar la esquina. A día de hoy, en el momento que escribo estas líneas, faltan apenas 48 horas para subir al avión que completará el círculo. El avión que nos llevará al punto de partida, poniendo el cierre final a nuestra particular vuelta al mundo... El día 10 de septiembre, a las 9:30 de la mañana hora local en Bangkok, deberá despegar ese avión, con destino Barcelona, previa escala en Moscú.
Y nosotros ya estamos en Bangkok. Hemos llegado hace algunas horas en un autobús nocturno, justo al despuntar del alba. Cuando las primeras luces de un nuevo día asomaban tras la línea del horizonte.

Pero supongo que querréis saber todo lo que hemos hecho estos días previos a nuestra llegada a Bangkok, ¿no? Si no recuerdo mal nuestra aventura quedó detenida en el último post justo en el momento en que tocaba despedirse de las maravillosas islas Perhentian, en Malasia. Separadas de la capital tailandesa por unos 1.300 kilómetros de distancia. Pero, aunque nuestro objetivo final era Bangkok, no queríamos recorrer esa distancia en una sola etapa. Tampoco queríamos pasar de haber estado en unas islas en las que no hay carreteras, ni coches, ni policía, ni cajeros automáticos, ni supermercados, ni perros etc. a una gran ciudad, que vendría a ser lo radicalmente opuesto, en todos los aspectos. Así, planeamos una parada previa de varios días en un punto intermedio que nos suscitara algún tipo de interés. Y el lugar elegido, fue la zona de Krabi. Una provincia tailandesa con multitud de lugares atractivos turísticamente hablando y que, además, está situada prácticamente a medio camino entre nuestro punto de partida, y el punto de destino final.

Estuvimos mirando precios de hoteles en los diferentes lugares de la zona, y finalmente nos decantamos por instalarnos en la ciudad de Ao Nang. Una ciudad menos atractiva que otras a su alrededor, pero más barata para alojarse, y muy cerca y muy bien comunicada por todos los puntos de interés de los alrededores. Así, pusimos manos a la obra para conseguir llegar en un día desde islas Perhentian a Ao Nang... En principio no debería suponer ningún problema, puesto que sólo se trataba de recorrer 660 kilómetros, pero había el obstáculo añadido de tener que cruzar una frontera, y que las comunicaciones de transporte no son buenas para ese recorrido.

Tanto es así, que tuvimos que tomar primero el barco a las 8 de la mañana desde el muelle de Coral Bay, en Perhentian Kecil (el precio del billete de salida estaba incluido en el precio del billete de isa desde Penang), hasta la localidad costera de Kuala Besut. En la costa noreste de Malasia. El trayecto fue de unos 45 minutos... Después, desde Kuala Besut, tomamos una furgoneta compartida (35 rg / 8,75 euros por persona) que supuestamente debía llevarnos directamente hasta la frontera tailandesa. Y decimos "supuestamente" porque nos llevaron hasta la ciudad de Kota Barhu, donde se bajaron todos los demás pasajeros, y como sólo éramos nosotros dos los que iban a la frontera, nos hicieron bajar y nos metieron en un taxi. Pagado por ellos, claro. Y así, en taxi, llegamos hasta el puesto fronterizo malayo. Lo pasamos sin problemas y sin colas. No había nadie. Nos pusieron el sello de salida del país, y caminamos 1 kilómetro hasta llegar al puesto fronterizo de entrada a Tailandia. Allí tuvimos que rellenar unos impresos y esperar a que atendieran a 4 personas delante de nosotros y, también sin problemas, nos pusieron el sello de entrada... Estábamos de nuevo en Tailandia.
Aquí debemos explicar que, cuando entras al Tailandia por vía marítima o terrestre, como era nuestro caso en esta ocasión, el visado gratuito que te extienden en la frontera es de 15 días. A diferencia de si la entrada al país es por vía aérea, o sea, a través de alguno de sus aeropuertos internacionales, que te expiden un visado de 30 días... Lo explicamos porque ya nos hemos encontrado algún turista por el camino que ha tenido problemas por eso, porque entró por tierra pensando que le darían 30 días, y le dieron sólo 15, teniendo vuelos ya reservado con una fecha más allá del límite de los 15 días... En fin, solamente un aviso que puede ser útil.
Pero volvemos al relato. Estábamos ya en el lado tailandés, pero íbamos a pie. Caminamos hasta el pueblo más cercano a la frontera, Sungai Kolok. A un kilómetro estaba la estación de trenes, y a dos kilómetros la de autobuses...

Y aquí cometimos un error que puso en peligro nuestro objetivo de llegar a Ao Nang en ese mismo día. Porque elegimos quedarnos en la estación de trenes y pedir dos billetes hacia Hat Yai y, desde allí, contratar una furgoneta compartida directa hasta Ao Nang. Los billetes nos costaron 146 bt (3,72 euros) por persona. Baratos. Pero con lo que no contábamos, fue con la lentitud de los trenes en Tailandia. Son realmente lentos. Y un trayecto que podríamos haber hecho en poco más de 2 horas en autobús, se convirtió en un trayecto de más de 4 horas. Llegamos a Hat Yai a las 4:15 de la tarde, y nos dirigimos a la primera agencia de viajes que encontramos abierta. Con la mala suerte de que era domingo, y muchas ya estaba con la persiana bajada. Entramos en la única que vimos, y preguntamos por la posibilidad de ir a Ao Nang esa misma tarde. El tipo nos miró, y supo leer en nuestras caras la desesperación por querer llegar en ese mismo día. No jugamos bien nuestras cartas. La última furgoneta salía en media hora. Y el tipo nos pidió 650 bt (16,55 euros) a cada uno. Lo que era una exageración pero, aunque estuvimos tentados de largarnos, nos quedamos intentando negociar una rebaja. Al final quedó en 600 bt (15,25 euros) por persona.
Como teníamos media hora, fuimos a comprar algo de comer al Seven Eleven, y de camino vimos otra agencia abierta, preguntamos el precio para el recorrido que acabábamos de pagar, y nos pedía 360 bt (9,17 euros). Nos queríamos tirar de los pelos, pero ya habíamos pagado. Ya no había nada que hacer. Nos consolamos comiendo y pensando que en unas 5 horas estaríamos en Ao Nang.
El trayecto en furgoneta fue sin incidentes. Llegamos primero a la ciudad de Krabi, y allí fueron bajando todos los demás clientes. Quedamos sólo nosotros para ir a Ao Nang. Ya temíamos que el tipo no querría llevarnos sólo a nosotros. Pero sí lo hizo. Nos preguntó el nombre del hotel al que nos dirigíamos y, aunque tuvo problemas para encontrarlo, y estuvo tentado en alguna ocasión de dejarnos en cualquier lado, finalmente, sobre las 10 de la noche, descargábamos nuestras mochilas en la recepción del hotel Palm Paradise Resort, en Ao Nang.

Un hotel espectacular que había encontrado Jordi rastreando la red y en el que hacían una oferta buenísima en la que pasabas tres noches pagando sólo dos, por estar en temporada baja. Un hotel en el que disfrutamos de estar alojados en un bungalow de lujo, con aire acondicionado, sofá, televisión por cable, reproductor de DVD, tetera y cafetera, un baño grande con bañera, terraza, y unos enormes ventanales que permitían una bonita vista a un bonito jardín. Además, teníamos acceso a una piscina en la que casi siempre estábamos solos, y acceso gratuito también al gimnasio del hotel (al que no entramos ni un solo minuto). El precio para todo eso era de risa, 650 bt (16,50 euros) por noche... Cuando nos instalamos en la habitación, empezamos a hacer fotos como locos. No nos podíamos creer que tuviéramos una habitación así, a ese precio. Sin lugar a dudas, la mejor en la que hemos estado en todo el viaje.

Contentos por el hotel, pero muertos de cansancio por el duro día de trayectos que acabábamos de superar, salimos a comprar algo ligero para cenar, y volvimos a la habitación para ver algún capítulo de nuestras series mientras se nos iban cerrando los ojitos...
Al día siguiente, a pesar de haber dormido muy bien en la fantástica cama de la habitación, estábamos aún agotados de los trayectos del día anterior. Decidimos quedarnos por tanto toda la mañana disfrutando de la piscina del hotel.

Estábamos solos y se estaba reamente tranquilo. Aprovechamos para escribir un poquito en este Blog y ponernos al día con mails atrasados. En Perhentian habíamos tenido una conexión a internet muy mala y limitada a sólo unas horas al día... Cuando llegó la hora de calmar el hambre, Jordi salió en busca de algún lugar en el que hicieran Pad Thai o arroz con pollo barato, cerca del hotel. Por suerte, regresó pronto porque encontró a sólo 10 minutos caminando unos puestitos callejeros de un grupo de mujeres musulmanas que cocinaban de todo. Desde pancakes y jugos de fruta, a pollo frito y sopas. Allí compró dos Pad Thais con pollo por 40 bt (1 euro) y un shake de mango por 25 bt (0,64 euros). Comimos en la habitación y descansamos otro poco antes de salir a recorrer Ao Nang, no sólo para conocer la nueva ciudad que nos alojaba, sino también para empezar a preguntar precios y formas de ir a visitar las mejores playas y lugares de los alrededores.

Ao Nang, es una ciudad más bien pequeña, encerrada entre montañas, con apenas 3 o 4 calles largas llenas de tiendas, hoteles, bares, cafeterías y restaurantes. Se podría decir que es una ciudad dormitorio para los turistas que llegamos con intención de visitar la región de Krabi.
Tiene playa, aunque no es especialmente bonita, y está sólo a 18 kilómetros de la capital de la región, pero siendo muy tranquila y barata. O sea, el lugar perfecto para alojarse e ir de compras, mientras contratas los tours o las excursiones para visitar los alrededores, mucho más bonitos.
Y eso hicimos nosotros. Además de acercarnos a la playa para ver el atardecer, pasamos la tarde de agencia en agencia preguntando y comparando precios para hacer algún tour que parecía interesante, y averiguando el modo más barato de llegar desde allí hasta Bangkok, y hasta las playas de Ton Sai y Railey, muy cercanas, pero sin acceso por carretera... Así, después del estudio del mercado, de la situación y teniendo en cuenta los días que nos quedaban, decidimos que al día siguiente tomaríamos un barco hacia Ton Sai y Railey, contratamos un tour para visitar unas islas cercanas un día más tarde, y compramos el billete hacia Bangkok en un bus nocturno para dos días después.

Todo estaba ya programado hasta llegar a Bangkok y, teniendo en cuenta que allí ya sabíamos dónde nos alojaríamos, y que el vuelo de avión de regreso a Barcelona ya estaba comprado, con las decisiones que acabábamos de tomar, poníamos punto y final al apartado de organización del viaje. Ya no había que buscar más hoteles. Ni había que pensar en qué ruta seguir. Ni cuál sería el próximo destino. Ni qué transporte escoger. Se acabaron las decisiones importantes. A partir de ese momento, ya sólo quedaba decidir qué íbamos a comer, o a qué hora nos íbamos a dormir. Poca cosa más... Y eso nos dejó algo más tristes de lo que ya estábamos. Quizá porque esa era la esencia del viaje. El tomar decisiones cada día. El cambiar el rumbo a nuestro antojo en el momento que así lo consideráramos oportuno. El sentir la libertad de ir, o no ir. Sentarnos juntos a pensar hacia dónde ir, y mirarnos ilusionados con las nuevas posibilidades que se presentaban ante nosotros. Sentirnos libres...

Esa noche, apenas comimos. Pero pudimos hablar con nuestros padres por Skype, lo que nos recordó la cantidad de gente que ansía nuestro regreso. Y eso nos reconfortó un poco, antes de caer de nuevo rendidos en la cama.
A la mañana siguiente, sin prisas, nos despertamos y desayunamos antes de prepararnos para salir.

Fuimos directos desde el hotel hasta la garita que hay justo en el paseo de la playa de Ao Nang, donde venden los billetes para tomar las barcas a las playas de Ton Sai, Railey y Phrnang Cave Beach. Cualquiera de esos tres destinos cuesta 100 bt (2,54 euros) por persona, cada trayecto. Nosotros pedimos ir a Ton Sai, aunque en realidad da igual cuál de las tres playas elijas ya que están las tres comunicadas por caminos entre las montañas. Pero nosotros decidimos ir a Ton Sai por una razón muy específica. Queríamos ir a esa playa porque una persona de esas tantas que han sido especiales en este viaje, nos recomendó no perdernos el ir a comer en un local de allí. ¿Os acordáis de Omar? ¿El chico de Barcelona con el que viajamos durante varias semanas en Indonesia? Él había estado dos meses en Tailandia antes de encontrarse con nosotros y nos habló mucho de sus experiencias por este país. Entre esas inolvidables experiencias, estaba la de haber comido algunos de los mejores bocadillos y platos varios de Tailandia en un lugar llamado "Mama's Chicken"... Y, por supuesto, allí nos dirigíamos.

El trayecto en barco desde Ao Nang hasta las playas de Ton Sai o Railey es de apenas 20 minutos. Que además pasan realmente rápido porque vas haciendo fotos a las espectaculares formaciones rocosas de las montañas que encierran esas bonitas playas. Formaciones rocosas muy parecidas a las que ya habíamos visto en Tam Coc y en Halong Bay, en Vietnam. Pero que aquí se unen a unas playas realmente bonitas, no por la calidad del agua, si no por la belleza del enclave. Por los fantásticos paisajes de postal... Además, en el trayecto también se pueden ver varias islas cercanas al continente. Pequeñas islas de las cuales, algunas de ellas visitaríamos al día siguiente en el tour que habíamos contratado.

El barco nos dejó justo en la arena de la playa de Ton Sai y allí empezamos a caminar por la playa. No mucho, porque la playa es bien pequeña. Pero la recorrimos entera para ir tomando algunas fotos. Después, nos adentramos hacia la zona de los alojamientos y no tardamos en encontrarnos con el buscado restaurante de los bocadillos... El Mama's Chicken. Era muy temprano para comer. Aún no teníamos mucha hambre así que nos fuimos a la playa a darnos un baño antes de regresar. Caminamos hacia el lado este, donde hay que cruzar caminando con el agua hasta la cintura para llegar a una pequeña calita que queda separada del resto de la playa con marea alta por una enorme roca montañosa. Allí, nos dimos un baño mientras observábamos a un grupo de españoles hacer lo que mayoritariamente viene la gente a hacer a esta zona... Escalada.

Estas montañas son conocidas en todo el mundo por ser uno de los lugares de práctica de escalada más bonitos. El enclave es maravilloso. Practicar escalada en paredes que ascienden prácticamente desde la playa o, en ocasiones, desde el propio mar, no se puede hacer en todo el mundo. Así que hasta aquí llegan aficionados de todo el mundo para practicar este deporte, mientras disfrutan de las playas. Y como Tailandia está plagada de españoles, y en España hay mucha tradición de escalada, sobre todo en el norte, pues no era de extrañar que los que estaban colgados de esta pared fueran compatriotas.

Después nos fuimos ya definitivamente a sentarnos en el Mama's Chicken. Allí nos comimos un bocadillo de pollo empanado con patatas (Jordi) y un “masaman” de cerdo con arroz (yo). Una especie de carne de cerno picada con verduras y picante mezclado con arroz. Estaba muy bueno, pero picaba lo suyo. Disfrutamos la comida, que junto con una coca-cola de lata y una botella de agua nos costó 195 bt (4,95 euros), y decidimos continuar camino. Ya habíamos visto y disfrutado Ton Sai, así que ahora era el turno de Railey.
Para llegar a Railey desde Ton Sai hay varias opciones. Las playas están lo suficientemente cerca en la bahía para que se pueda ir nadando o alquilando un kayak. Y siempre está la opción de pagar una barca para que te lleve. Nosotros no queríamos gastar más dinero y no podíamos ir nadando porque llevábamos las mochilas. Así que optamos la otra opción que queda. Ir a pie por uno de los caminos a través de las montañas. Hay dos. Uno largo, y uno corto. Nosotros optamos por el largo. Nos apetecía caminar. Y además, habíamos traído las zapatillas de deporte expresamente para eso. Nos las enfundamos sin calcetines, porque nos los habíamos olvidado, y pusimos rumbo a Railey. El camino es fácil y apenas son 30 o 40 minutos. Pero sí es conveniente llevar calzado adecuado. En chanclas puede ser complicado. Así que nosotros llegamos sin problemas, apareciendo entre los caminos de los bungalows de Railey este. Porque Railey es una lengua de tierra entre montañas que tiene dos costas. Una encarada hacia el este, y otra hacia el oeste. Nosotros llegamos a la parte este y estuvimos caminando por el paseo junto al mar. Un paseo no muy bonito porque no se puede uno bañar. Sólo hay una pequeña zona de playa al final, pero desde el que hay algunas de las fotos más bonitas de toda esta zona.

Caminamos todo el paseo y nos dirigimos hacia el sur. Allí vimos otra de las paredes más famosas para practicar la escalada. Una pared para aficionados que quieran empezar a sentir la adrenalina de estar colgado en la pared de una montaña. Vimos como daban sus primeras clases algunos turistas, y continuamos camino. Justo al lado de esa pared hay un desvío marcado que se dirige hacia otra playa. Quizá la más bonita de las tres. Al menos según nuestra opinión... La Phranang Cave Beach.


El camino discurre por pasadizos casi bajo la pared de la roca, observando las cavidades que la erosión del mar dejó. También se puede ir viendo algunos monos por el camino jugando entre ellos, o intentando quitarle la comida a algún turista. Y, al llegar a la playa propiamente dicha, una magnífica franja de arena blanca entre acantilados os dará la bienvenida. Nosotros nos sentamos primero en uno de los bancos que hay antes de llegar a pisar la arena para hacer unas fotos y ver un poco en perspectiva el bonito panorama de la danza del mar chocando una y otra vez contra la montaña horadando una enorme cueva en la base del acantilado. Allí estuvimos bañándonos durante un buen rato en las templadas aguas, en la esquina oriental de la playa.

Y allí, en la cueva de esa esquina oriental, hay varios altares con ofrendas bien curiosas en forma de falos, o sea, penes. Pero penes gigantes. Al parecer, allí naufragó un barco en el que viajaba una princesa (De ahí el nombre de cueva de la princesa) y, desde entonces, los marineros realizan esas ofrendas para tener una buena pesca. Pero una versión más moderna, dice que la princesa puede conceder mayor virilidad y conceder el don de la fertilidad a los hombres y mujeres que toquen esos falos enormes... Como ya sabéis muchos lo que opina Jordi de eso de tener descendencia, el pobre posó en la foto, pero sin querer si quiera rozar lo más mínimo alguno de esos "aparatos"... je, je.


Después nos fuimos hasta el extremo occidental de Phranang. Allí, justo ante la playa hay una isla llamada "Happy Island" que está casi a tocar desde la arena. Es un montículo que emerge desde el agua y que se presta coqueto para multitud de fotos. Allí nos tumbamos en la arena y casi nos quedamos dormidos mientras caía la tarde. El cielo empezaba a taparse y parecía amenazar lluvia. Satisfechos con el día que habíamos pasado allí, empezamos a pensar en el regreso. Sabíamos que el precio de las barcas hacia Ao Nang duplican sus precios cuando se hace de noche así que, antes de arriesgarnos, nos fuimos a los barqueros que había allí mismo en la playa. Nos pidieron los 100 bt (2,54 euros) que habíamos pagado al venir así que, sin problemas, subimos al barco. En 20 minutos estábamos en tierra firme de nuevo.

Lo que quedaba de tarde lo pasamos de nuevo en la piscina. Cenando ligero. Y en nuestra espectacular habitación... Nos fuimos temprano a dormir. A la mañana siguiente debían pasar por nosotros frente a la recepción del hotel para iniciar el tour "De las 4 Islas".
Y así fue. Puntual llegó una furgoneta por nosotros. Nos llevó hasta la agencia de viajes y, como éramos mucha gente, nos distribuyeron en grupos. A nosotros nos tocó en un grupo grande de unas 60 personas. Todas ellas tailandesas o malayas. Sólo había otro occidental, pero que resultó ser el novio de una tailandesa. Así que, rodeados de orientales, nos preparamos para tener un tour masificado... Una vez más. Y es que a pesar de llevar 19 meses, no escarmentamos. No nos gustan los tour organizados, y aún así caemos una y otra vez en la trampa. Y sí es cierto que en algunas ocasiones hemos acabado satisfechos con el servicio. Pero cuando empiezas un tour en un grupo de 60 personas en un barco enorme en el que viaja más gente que plazas caben en el barco, puedes estar seguro que no va a ser muy gratificante.

Aún así, pusimos todo nuestro empeño en pasarlo bien. Los orientales, en general, nos parecen muy divertidos. Suelen reír mucho, sobre todo cuando están de vacaciones. Son bastante torpes, y le tienen un miedo atroz al agua. Siempre hablando en general, claro.

El planteamiento del tour no podía ser más sencillo. Llamándose "De las 4 Islas", fácil era adivinar que se trataba de visitar cuatro diferentes islas cercanas a Ao Nang. La primera de ellas, “Tup Island”. Una pequeñísima isla que en realidad son dos. Dos pequeños montículos de roca que sobresalen del mar y que, en horas de marea baja quedan unidas por una lengua de arena blanca. Cuando llegó nuestro barco, la marea estaba empezando a subir y, en pocos minutos vimos como el agua empezaba a cubrir ese camino de arena que unía los dos montículos. Allí nos bañamos y estuvimos haciéndonos fotos durante una hora, hasta que la marea estaba demasiado alta, y tuvimos que subir todos al barco de nuevo, para ira hacia el siguiente destino. A la siguiente de las islas.

Nos dirigimos hacia “Chicken Island”. O sea, la "Isla del Pollo". Una isla que ha tomado ese curioso nombre por una caprichosa columna de roca caliza que hay en uno de los extremos de la isla. Esa columna se eleva hasta tomar la forma de un largo cuello coronado por la cabeza de lo que parece una gallina o gallo.
El resto de la isla completa la imagen del cuerpo acurrucado de una gallina gigante sobre el agua. El barco se acercó lo suficiente como para que hiciéramos las fotos pertinentes y luego se ancló cerca de sus costas para dejarnos libertad durante una hora para hacer algo de snorkel. Un snorkel que no mereció en absoluto la pena. Después de haber pasado por las Perhentian, zambullirse para ver coral muerto y algunos peces sin apenas color es una pérdida de tiempo. Al menos los tailandeses y malayos parecían disfrutarlo, y nosotros nos reíamos de verlos a ellos como si estuvieran viendo el paisaje subacuático más hermoso del mundo.

Cuando volvimos a subir al barco, pusimos rumbo a la tercera de las islas. Poda Island era el nombre. La más grande de las que visitaríamos. Con una bonita playa y aguas turquesas en las que darse un buen chapuzón para refrescarse. Con bonitas fotos que empezamos ya a hacer antes siquiera de pisar su arena... Y antes de bajar del barco, nos dieron la comida que estaba incluida en el precio que habíamos pagado (350 bt / 8,87 euros por persona). La comida consistía, como no, en arroz con pollo, y una botella de agua. Nosotros nos fuimos directamente a comérnoslo tranquilamente a la zona más bonita de la isla. Justo en la playa, sentados en la arena, justo en el punto en que veíamos frente a nosotros una formación rocosa elevándose bien alta sobre el agua, y con la ciudad de Ao Nang de fondo, a lo lejos.


Pero teníamos que comer con un ojo puesto en las bonitas vistas y otro ojo en unos simpáticos pero nada confiables monos que había por allí esperando cazar algunos restos de comida de los turistas despistados. Había al menos 5 de ellos y, cuando veían que no había comida que robar, se mostraban muy juguetones. Se perseguían entre ellos por la playa entreteniendo a la gente y dejándose hacer fotos. Nosotros nos hicimos alguna con ellos cuando ya habíamos acabado de comer. Justo antes de intentar jugar nosotros mismos con la perspectiva para hacernos unos fotos supuestamente graciosas con la pared de roca que había ante nosotros. Aquí parece que salto por encima de ella como si saltara al potro. Y no sabemos si es graciosa o no, pero la ponemos aquí porque después de lo que nos costó conseguir que saliera más o menos bien, se ha ganado el privilegio de aparecer en este Blog... Je, je.


Y aquí terminó para nosotros el tour porque, la que debería haber sido la cuarta isla a visitar sería la Phranang Beach. La playa con la cueva de los penes gigantes que habíamos visitado por nuestra cuenta el día anterior. Una playa que no es una isla, pero cuya visita fue justificada por los del tour diciendo que, como la única forma de llegar a ella es en barco, pues es como si fuera una isla... En fin. Allí estuvimos una hora más. Una hora que nosotros pasamos observando a los escaladores progresar en sus ascensos por las paredes de roca caliza... Y cuando pasó la hora, volvimos al barco para poner rumbo definitivo de regreso a Ao Nang.
Esa tarde nos pudimos darnos nuestro baño de rigor en la piscina porque empezó a llover como si el mundo se terminara. Así que nos refugiamos en el bungalow hasta que despejó un poco. Lo suficiente para ir en busca de unos Pad Thais para cenar, e irnos a dormir no sin ver antes algún capítulo de alguna serie, y recopilar un álbum con las mejores fotos de nuestros días en Ao Nang y alrededores:
"Fotos de Ao Nang y otros".
Al día siguiente debíamos hacer el “check out” del hotel. Ya nos despedíamos del fantástico Palm Paradise Resort. Pero como no dejábamos la habitación hasta las 12 del mediodía, tuvimos tiempo de remolonear en la cama antes de ponernos a preparar las mochilas para partir de nuevo. Esta vez ya hacia el último destino antes de Barcelona. Esta vez hacia Bangkok. Una ciudad que visitaríamos por tercera vez en este viaje. Una ciudad que se ha marcado a fuego en nuestros corazones. No por tener nada especial. Si no por todos los encuentros y buenos momentos vividos allí... Pero como el autobús no pasaría a recogernos hasta las 3 de la tarde, tuvimos 3 horas para dar un paseo y comprar algo de comida para el viaje. Un viaje de 12 horas.
Y Jordi tuvo tiempo para comprarse un bañador, que ya le hacía falta... 280 bt (7,50 euros)...
Un bañador que estrenó en Bangkok. En la piscina del hotel Rambuttri... Pero eso ya no pertenece a este post. Eso os lo contaremos en un próximo post que será escrito ya desde nuestra ciudad de origen. Desde la ciudad que nos vio partir hace 19 meses (y pico). Muchas gracias a todos por habernos seguido hasta aquí. Ahora tocan momentos de despedidas y de reencuentros. Porque, volver a casa tras 19 meses perdidos por los pliegues del mundo será, esta vez más que ninguna otra... Otra historia.
Muchas gracias a todos.