Si entendemos el espectáculo, o el show, como la vida misma.
Porque este viaje es la vida misma. Las dosis de aprendizaje que se nos está administrando en esta aventura son las mismas que las de toda una vida, pero asimiladas en un periodo mucho más corto de tiempo. Como si fuera una clase acelerada de vivir.¿Y cuál es la mayor enseñanza que hemos aprendido? Pues lo efímero que es todo. Que la expresión “Para siempre” es un error del lenguaje. Es una manera de ponerle un nombre a algo que no existe. Una forma de identificar una idea de algo que jamás se podrá alcanzar. Nada es para siempre. Todo empieza, y todo acaba… Y hasta aquí muy bien. Eso es algo que todos tenemos interiorizado en mayor o en menor medida. Todos lo sabemos. Pero lo más importante no es saber que todo aquello que tiene un principio, también tendrá, irremediablemente, un final. Lo más importante es asumir que depende de nosotros cómo va a terminar aquello que iniciamos. Que es responsabilidad nuestra, de uno mismo, cómo queremos terminar aquello que empezamos.

Y con esta idea llegaron los últimos días en nuestro “edén”. Las últimas horas en un lugar en que hemos sido, sin lugar a dudas, muy felices. Un lugar en el que hemos vivido experiencias inolvidables, muchas de ellas totalmente desconocidas para nosotros antes de llegar hasta allí. Llegó el momento de despedirse de Playa del Carmen.
Muchos de vosotros nos habéis preguntado en estos días si lo echaremos de menos. Si nos costaba despedirnos de Playa del Carmen y todo lo que ello conlleva…
Bien, en respuesta a esa pregunta, queremos decir que sí. Que echaremos de menos sus anaranjados atardeceres, sus días soleados, sus blancas playas, sus acuarios de coral, sus aguas de cristal, sus luces macilentas al anochecer, sus noches estrelladas, sus lluvias de juguete, sus tormentas anunciadas, sus aires con perfume de sal y hierba, sus casas a medio terminar, sus calles a medio asfaltar, sus mares templados, sus azulados océanos, y los turquesas… Sus carteles de renta, sus anuncios de venta, los ladridos nocturnos de sus perros callejeros, los paseos por el medio de sus tranquilas calles, sus puestitos callejeros, los de tacos, los de elotes, los de quesadillas, los de salbutes y panuchos… 
Los árboles que resisten sin ser cortados en medio de las calles, obligando a los coches a tomar otro camino. Porque en Playa, la naturaleza aún tiene un lugar (Aunque cada vez menos). La suave sensación de su arena entre los dedos de los pies, sus mareas altas, también las bajas, su ritmo pausado, sus caribeños latidos, el apagado zumbido de sus barcos, el graznido de sus gaviotas, el vuelo de sus imperiales águilas, el sonido de sus fiestas, el colorido de sus tradiciones...

Muchas son las cosas que extrañar estando lejos de Playa del Carmen, pero nada será comparable a la calidez y humanidad de sus gentes. Porque Playa es la ciudad a la que todos llegamos de vacaciones, y en la que todos nos quedamos. Una ciudad en la que todos son extranjeros. La ciudad de las generaciones futuras. La ciudad en que los nuevos que llegan buscan su lugar entre aquellos que pasaron por lo mismo cuando llegaron. Probablemente por eso, uno se siente a gusto nada más pisar sus primeras avenidas. Porque, aunque el mundo está lleno de lugares bonitos, pocos acogen tan bien al recién llegado como Playa del Carmen. Una ciudad de nadie, y de todos. En que todos se respetan porque agradecen a sus vecinos que les dieran la oportunidad de intentar encontrar su espacio. Ese espacio que en otros lugares les negaron. Una ciudad que no tendrá problemas hasta que exista esa generación nacida de su calles y que las sientan tan suyas que perciba la llegada de los extranjeros como una amenaza para “su tierra”. O sea, que no habrá problemas hasta que esa generación conozca lo que es la cara oscura del Nacionalismo.
Y de entre todos los que han llegado para quedarse en Playa, destacamos a los nuestros. A nuestra familia “playense”. A aquellos de los que nos ha costado tanto despedirnos. Vanessa, Marcos, Aurora, Cristian, Carlos, Gunter, Elisa, Obed, Karla, Eduardo, David, Bárbara… Todos ellos, y alguno más, han sido parte de nuestra felicidad en estos hermosos meses que hemos compartido.
Con algunos más, con otros algo menos, pero todos han aportado lo suyo para hacernos sentir importantes... Por ellos, hemos vivido en esta última semana una especie de “flashback” en que nos remontábamos a la semana previa a nuestra marcha desde Barcelona, ahora hace ya un año (¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡PORQUE YA HEMOS CUMPLIDO UN AÑO VIAJANDO!!!!!!!!!). Pero con ellos, nos hemos encontrado con una particularidad que lo ha hecho diferente. Ellos, todos, sin excepción, ya han pasado por lo mismo que nosotros. Todos ellos han tenido que aprender a despedirse de la gente a la que quieren. Todos han dejado sus lugares de origen, sus familias, sus amigos, sus calles, para viajar lejos en busca de algo que ni siquiera ellos sabían qué era. Probablemente, su pequeña porción de lugar en el mundo.
Y es por eso que todo ha sido algo diferente. Desde el primer momento han comprendido que nos marcháramos a pesar de ser felices. Han entendido perfectamente que había llegado el momento de cerrar una etapa para nosotros. De cerrar un círculo. De cerrar una puerta a nuestra espalda para encontrar la que está ahora frente a nosotros… Han comprendido que necesitamos seguir con nuestra búsqueda de aquello que desconocemos. Han comprendido que necesitamos seguir adelante con este proyecto. Han entendido que nuestra felicidad ha sido tal, porque sabíamos que llegaría el momento de volver a partir. De volver a empezar. El momento de regresar al camino.
Por eso, desde el primer momento, todo fue una fiesta. Nos reuníamos todos los días con alguno de ellos. A tomar café, a cenar, a pasear, a charlar… Lo que fuera. Culminando, como no, en una gran cena en casa de Karla y Eduardo la última de nuestras noches en Playa.Fue una cena alegre, divertida, llena de buenos momentos. Karla, Elisa y Obed prepararon su delicioso pastel de “Carlota” con limón. Estábamos todos deseando hincar la cuchara para empezar a degustarlo. Casi había peleas con las cucharas a modo de espadas para comer el mejor trozo. Porque ni siquiera quisimos esperar a los platos, decidimos que comeríamos todos juntos, en comuna, de la misma olla.

También fue un placer desencajar de risa a Carlos. Lo acorralamos y lo cosimos a cosquillas hasta que ya no pudo más… Carlos…
Nuestro querido Carlos. Quien empezó como compañero de trabajo, pasó a ser nuestro maestro en las clases de primeros auxilios, después se convirtió en nuestro amigo y, definitivamente, ha pasado a ser como nuestro hermano pequeño. Lo queremos mucho. Y estamos seguros que él a nosotros también, al menos a Jordi, porque le regaló su querida gorra de los Bulls de Chicago. Una gorra a la que le tiene un gran aprecio y que le regaló a Jordi en una ceremonia de entrega de poderes. Un bonito gesto que Jordi no pudo agradecer de mejor modo que con esta cara de felicidad.
Pero no se acabaron aquí los regalos en esa noche. Ahora nos tocaba a nosotros regalar. Nosotros habíamos acumulado muchas cosas que sabíamos que no podríamos llevar con nosotros en el momento de irnos. Así, regalamos a Vanessa nuestra licuadora y algunas perchas.
A Karla, algunas camisetas y sudaderas mías que ya no me cabían en la maleta. Repartimos entre todos algunos utensilios de cocina (cubiertos, vasos, platos, cazos…). Pero el regalo estrella fue la bicicleta de Jordi. La destartalada bici que le ha llevado a todos lados sin problemas y que fue su medio de locomoción en Playa. El afortunado fue Obed. Él necesitaba una porque se le habían robado la suya hacía unos meses. Pero Jordi no se la regaló a cambio de nada (no olvidemos que es catalán). Le dijo que se la regalaba si nos premiaba con un pequeño concierto de cajón (el instrumento que toca Obed)… Obed así lo hizo y fue un momentazo de la noche… Sencillamente precioso… Gracias Obed.
Ah!! Y, ¿Qué pasó con mi bicicleta rosa?... Pues se la vendí por 300 pesos (18 euros) a Elisa. Ella también necesitaba una porque se la habían robado junto a la de Obed. Aquí está el momento de la entrega de poderes.

Cuando terminó la velada, nos despedimos con fuertes abrazos y muchos besos. Esta vez no hubo lágrimas. Simplemente, nos echaremos de menos… Al principio.

Nos despedimos de todos excepto de Karla y Eduardo, porque esa última noche la pasaríamos en su casa. Ya había expirado el contrato de nuestro departamento y necesitábamos pasar la última noche en algún lugar antes de ir a la mañana siguiente hacia el aeropuerto de Cancún. Ellos dos aceptaron encantados y nos expresaron su honor de poder acogernos en nuestra última noche. Algo que demostraron sobradamente cuando nos cedieron su cama y durmieron ellos en el sofá… No aceptaron nuestras negativas…
¿No son geniales? Además, eso nos dio la oportunidad de sacar esta foto de Eduardo, que no he podido resistir la tentación de colgarla aquí en el Blog… je, je.A la mañana siguiente, nos despedimos de Karla, que se fue a trabajar a las 7 de la mañana, y nos quedamos con Eduardo, que también se ofreció a llevarnos a la terminal de autobuses. Fue nuestro último trayecto en su carrito de golf. Un carrito que también nos ha regalado grandes momentos. Pero que no sirvió para que no llegáramos tarde… je, je. Teníamos previsto salir en autobús de las 8:30 pero llegamos a las 8:31 y vimos cómo salía justo ante nuestras narices. Preguntamos por el siguiente, que no salía hasta las 9:20. Yo empecé a ponerme nerviosa pensando que no llegaríamos a tiempo a tomar el vuelo… Y ahí es donde nos miramos y nos dimos cuenta de la falta que nos hacía esa adrenalina y esos nervios del viaje. El tomar autobuses, aviones, planear rutas, nuevos destinos, nuevos horizontes…
Finalmente, con el autobús de las 9:20 tuvimos tiempo de sobra para facturar, y aún tuvimos que esperar un buen rato antes de poder embarcar al avión que nos llevaría a la capital de los mexicanos. A Ciudad de México. A Distrito Federal… Al D.F.El vuelo fue con la compañía Volaris. Una compañía Low Cost mexicana en la que viajamos muy bien. Los asientos tenían espacio suficiente para las piernas. Nos sirvieron un snack y unas bebidas y nos permitieron repetir. Además, llegaron a nuestro destino con 10 minutos de antelación respecto a la hora prevista… A ver si aprenden las aerolíneas low cost europeas.
En los días previos a nuestra marcha de Playa del Carmen, nos pusimos en contacto con Juan Carlos. Él ya había sido protagonista de este Blog en nuestro post "Playa del Carmen ¿Nos quedamos contigo?" En que explicábamos nuestra primera experiencia en el mundo del buceo.
Nuestro bautizo de mar en Cozumel. Él nos acompañó como fotógrafo y él fue quien nos sacó las preciosas fotos que pudisteis ver en ese post. Desde el primer momento en que lo conocimos, hubo una conexión fantástica. Afortunadamente, una vez más, el hecho de ser de Barcelona nos sirvió para ganar puntos antes de empezar. Juan Carlos había estado viviendo en Barcelona durante un año trabajando como camarógrafo y su experiencia fue tan buena y conoció a tanta gente que le ayudó sin pedir nada a cambio que desde ese momento se siente en deuda moral con los catalanes. Nos adora. Pocos días más tarde le surgió un trabajo en el D.F. y vino a la capital a ganar dinero trabajando de lo suyo. Antes de irse, nos dijo: “Cuando pasen por el D.F. contacten conmigo, allí tiene un amigo, y su casa”.Dicho y hecho. Contactamos con él y nos contestó al instante invitándonos a ir a su casa. Nos dio su número de teléfono para que le llamáramos al llegar, y él nos acompañaría hasta su casa.
Desde el aeropuerto de Ciudad de México le llamamos y nos dijo cómo llegar hasta el centro de la ciudad. En realidad era bien fácil porque el aeropuerto de D.F. está muy bien conectado con la ciudad con varios transportes públicos. El más barato y rápido era el Metro, así que salimos de la terminal y caminamos unos 100 metros hasta la estación de la línea amarilla llamada “Terminal Aérea”. Compramos dos billetes sencillos (3 pesos / 0,20 Euros) y nos subimos al primer convoy que pasó dirección “Pantitlán”. Allí nos bajamos e hicimos transbordo para tomar la línea rosa en dirección “Observatorio” hasta llegar a la estación llamada “Insurgentes”, donde nos bajamos definitivamente para empezar a caminar por la calles del centro de la ciudad. Caminamos unos 15 minutos hasta llegar al punto de encuentro donde nos había citado Juan Carlos, la rotonda de la estatua del “Ángel de la Independencia”.

Desde allí, volvimos a llamarle para decirle que le esperábamos sentados en un Starbucks que había justo al lado, pero Juan Carlos nos dijo que estaba en una reunión laboral importante y que no podría pasar por nosotros hasta dentro de dos horas. Le dijimos que no importaba, que no se preocupara por eso. Que nosotros le esperábamos allí tranquilamente sentados tomando un café y conectados a internet. Íbamos con las mochilas y no era plan de ponerse a pasear por las calles de la ciudad con ellas a cuestas.
Pasadas las 2 horas, Juan Carlos nos llamó y nos dijo que ya estaba llegando así que recogimos todo y le esperamos en la puerta. Inmediatamente llegó y nos recibió entre abrazos y nos confesó que le hacía mucha ilusión nuestra llegada. Nos acompañó hasta su casa y nos ayudó a instalarnos en una pequeña habitación perfectamente preparada, con baño privado para nosotros y cama matrimonial.
Perfecto… También nos mostró el resto de la casa, una casa enorme, de unos 100 metros cuadrados, con tres habitaciones, tres baños, cocina, un enorme salón-comedor y unos enormes ventanales que permiten ver parte del panorama de la ciudad. Mientras nos lo mostraba, nos iba contando que compartía el piso con dos amigos. Nos dijo que estaba convencido que nos caerían muy bien, y nos confesó que ésta primera semana tenía un planning de trabajo muy saturado y que no podría estar con nosotros todo lo que a él le hubiera gustado. De hecho, casi nos lo dijo saliendo por la puerta mientras nos entregaba las llaves porque tenía que regresar a trabajar esa misma noche hasta tarde.
Pero antes de marcharse, nos mostró la última sorpresa de la casa… Un genial mesa de ping-pong en la que prometió que jugaríamos unos buenas partiditas en cuanto él regresara. Como podéis ver, así fue. Hasta jugamos partidas de dobles… je, je.

Una vez solos, nos instalamos un poco y fuimos a dar una vuelta de reconocimiento por el barrio para encontrar el supermercado más cercano y empezar a ver todos los servicios que teníamos cerca. Encontramos un supermercado y compramos algunas cosas para llenar un poco la despensa y preparar algo de cenar… Preparamos cena para todos.

Debemos decir que Juan Carlos tenía razón. Sus compañeros de piso son geniales. Nos han tratado de forma increíble. Nos han recibido fantásticamente bien… En la foto, podéis ver a Wally, el de la izquierda, y el más alto. A la derecha, el más bajito, Manolo (alias “Huesos”). Y en el centro, por supuesto, Juan Carlos.

Esa misma primera noche, tras jugar al ping-pong, descubrimos que nuestro amigo Juan Carlos, se había trasladado a dormir al sofá del comedor, y que la cama que usaríamos nosotros era la suya habitual… En dos días consecutivos habíamos visto cómo dos mexicanos diferentes nos cedían su cama en detrimento de su comodidad y descanso, sólo para honrarnos… Y es que así son los mexicanos. Unos excelentes anfitriones.
Al día siguiente ya sí nos dedicamos a recorrer la ciudad en toda su parte centro…
Vimos muchísimas cosas pero las reservaremos para el próximo post porque, en éste, os queremos hablar del siguiente día que hemos estado en el D.F. O sea, hoy.

Nuestro día de hoy lo teníamos reservado para realizar un trámite burocrático que empezó como un granito de arena antes de salir de España, y que ahora ya se ha convertido en un serio problema que amenaza el futuro del viaje… Un problema que, de no poder solucionar, nos puede obligar incluso a volver a Barcelona.
Os pondremos en situación:
Justo antes de salir de viaje, intentamos renovar los dos pasaportes para salir de España con pasaportes nuevos que nos dieran problemas. Con el de Jordi no hubo ningún problema, pero el mío me lo denegaron porque argumentaban que no se podía renovar un pasaporte si no tenía una validez inferior a 6 meses. Bien, pues resulta que ahora que queremos viajar a Australia, nos piden como requisito, que el pasaporte tenga una validez no inferior a 6 meses.
O sea, que mi país no permite renovar un pasaporte 6 meses antes de su fecha de caducidad, mientras otros países no admiten pasaportes con fecha de caducidad inferior a 6 meses. Increíbles las incongruencias de la burocracia española, ¿verdad? Bien, mi pasaporte caduca en mayo, lo que significa que voy a poder entrar con mi actual pasaporte en Australia. Para solucionar eso, tenía la opción de renovarlo en el país previo. Ese país es Nueva Zelanda pero, para mi sorpresa, resulta que en Nueva Zelanda no hay Consulado español. Eso suponía que sólo nos quedaba la alternativa de renovarlo ahora en México pero nos han dicho que el proceso de renovación tarda 1 mes. Nosotros no tenemos tanto tiempo. Os recordamos que nuestro avión sale el día 22 de enero. Así que no llegamos a tiempo… Pero hoy teníamos cita en el consulado para preguntar si existe alguna posibilidad de acelerar y agilizar el proceso de renovación…Si lo tenemos antes del 22 de febrero, el viaje continúa según lo previsto, pero si no lo tenemos para esa fecha, los planes deberán cambiar y habrá que buscar otras alternativas…
Pero, si queréis saber lo que nos han dicho allí, deberéis esperar al siguiente post. En el que os contaremos nuestras aventuras de la gran ciudad, cómo nos va con nuestros nuevos compañeros de piso y, sobre todo, lo que hemos decidido tras nuestra visita al Consulado español…

Porque todo lo que ocurra en la capital de los mexicanos será, sin duda, otra historia.
Muchas gracias a todos.







































