26 de enero de 2012

El Espectáculo debe continuar

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Si entendemos el espectáculo, o el show, como la vida misma.

Porque este viaje es la vida misma. Las dosis de aprendizaje que se nos está administrando en esta aventura son las mismas que las de toda una vida, pero asimiladas en un periodo mucho más corto de tiempo. Como si fuera una clase acelerada de vivir.

¿Y cuál es la mayor enseñanza que hemos aprendido? Pues lo efímero que es todo. Que la expresión “Para siempre” es un error del lenguaje. Es una manera de ponerle un nombre a algo que no existe. Una forma de identificar una idea de algo que jamás se podrá alcanzar. Nada es para siempre. Todo empieza, y todo acaba… Y hasta aquí muy bien. Eso es algo que todos tenemos interiorizado en mayor o en menor medida. Todos lo sabemos. Pero lo más importante no es saber que todo aquello que tiene un principio, también tendrá, irremediablemente, un final. Lo más importante es asumir que depende de nosotros cómo va a terminar aquello que iniciamos. Que es responsabilidad nuestra, de uno mismo, cómo queremos terminar aquello que empezamos.


Y con esta idea llegaron los últimos días en nuestro “edén”. Las últimas horas en un lugar en que hemos sido, sin lugar a dudas, muy felices. Un lugar en el que hemos vivido experiencias inolvidables, muchas de ellas totalmente desconocidas para nosotros antes de llegar hasta allí. Llegó el momento de despedirse de Playa del Carmen.

Muchos de vosotros nos habéis preguntado en estos días si lo echaremos de menos. Si nos costaba despedirnos de Playa del Carmen y todo lo que ello conlleva… Bien, en respuesta a esa pregunta, queremos decir que sí. Que echaremos de menos sus anaranjados atardeceres, sus días soleados, sus blancas playas, sus acuarios de coral, sus aguas de cristal, sus luces macilentas al anochecer, sus noches estrelladas, sus lluvias de juguete, sus tormentas anunciadas, sus aires con perfume de sal y hierba, sus casas a medio terminar, sus calles a medio asfaltar, sus mares templados, sus azulados océanos, y los turquesas… Sus carteles de renta, sus anuncios de venta, los ladridos nocturnos de sus perros callejeros, los paseos por el medio de sus tranquilas calles, sus puestitos callejeros, los de tacos, los de elotes, los de quesadillas, los de salbutes y panuchos…


Los árboles que resisten sin ser cortados en medio de las calles, obligando a los coches a tomar otro camino. Porque en Playa, la naturaleza aún tiene un lugar (Aunque cada vez menos). La suave sensación de su arena entre los dedos de los pies, sus mareas altas, también las bajas, su ritmo pausado, sus caribeños latidos, el apagado zumbido de sus barcos, el graznido de sus gaviotas, el vuelo de sus imperiales águilas, el sonido de sus fiestas, el colorido de sus tradiciones...


Muchas son las cosas que extrañar estando lejos de Playa del Carmen, pero nada será comparable a la calidez y humanidad de sus gentes. Porque Playa es la ciudad a la que todos llegamos de vacaciones, y en la que todos nos quedamos. Una ciudad en la que todos son extranjeros. La ciudad de las generaciones futuras. La ciudad en que los nuevos que llegan buscan su lugar entre aquellos que pasaron por lo mismo cuando llegaron. Probablemente por eso, uno se siente a gusto nada más pisar sus primeras avenidas. Porque, aunque el mundo está lleno de lugares bonitos, pocos acogen tan bien al recién llegado como Playa del Carmen. Una ciudad de nadie, y de todos. En que todos se respetan porque agradecen a sus vecinos que les dieran la oportunidad de intentar encontrar su espacio. Ese espacio que en otros lugares les negaron. Una ciudad que no tendrá problemas hasta que exista esa generación nacida de su calles y que las sientan tan suyas que perciba la llegada de los extranjeros como una amenaza para “su tierra”. O sea, que no habrá problemas hasta que esa generación conozca lo que es la cara oscura del Nacionalismo.

Y de entre todos los que han llegado para quedarse en Playa, destacamos a los nuestros. A nuestra familia “playense”. A aquellos de los que nos ha costado tanto despedirnos. Vanessa, Marcos, Aurora, Cristian, Carlos, Gunter, Elisa, Obed, Karla, Eduardo, David, Bárbara… Todos ellos, y alguno más, han sido parte de nuestra felicidad en estos hermosos meses que hemos compartido. Con algunos más, con otros algo menos, pero todos han aportado lo suyo para hacernos sentir importantes... Por ellos, hemos vivido en esta última semana una especie de “flashback” en que nos remontábamos a la semana previa a nuestra marcha desde Barcelona, ahora hace ya un año (¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡PORQUE YA HEMOS CUMPLIDO UN AÑO VIAJANDO!!!!!!!!!). Pero con ellos, nos hemos encontrado con una particularidad que lo ha hecho diferente. Ellos, todos, sin excepción, ya han pasado por lo mismo que nosotros. Todos ellos han tenido que aprender a despedirse de la gente a la que quieren. Todos han dejado sus lugares de origen, sus familias, sus amigos, sus calles, para viajar lejos en busca de algo que ni siquiera ellos sabían qué era. Probablemente, su pequeña porción de lugar en el mundo.


Y es por eso que todo ha sido algo diferente. Desde el primer momento han comprendido que nos marcháramos a pesar de ser felices. Han entendido perfectamente que había llegado el momento de cerrar una etapa para nosotros. De cerrar un círculo. De cerrar una puerta a nuestra espalda para encontrar la que está ahora frente a nosotros… Han comprendido que necesitamos seguir con nuestra búsqueda de aquello que desconocemos. Han comprendido que necesitamos seguir adelante con este proyecto. Han entendido que nuestra felicidad ha sido tal, porque sabíamos que llegaría el momento de volver a partir. De volver a empezar. El momento de regresar al camino.

Por eso, desde el primer momento, todo fue una fiesta. Nos reuníamos todos los días con alguno de ellos. A tomar café, a cenar, a pasear, a charlar… Lo que fuera. Culminando, como no, en una gran cena en casa de Karla y Eduardo la última de nuestras noches en Playa.

Fue una cena alegre, divertida, llena de buenos momentos. Karla, Elisa y Obed prepararon su delicioso pastel de “Carlota” con limón. Estábamos todos deseando hincar la cuchara para empezar a degustarlo. Casi había peleas con las cucharas a modo de espadas para comer el mejor trozo. Porque ni siquiera quisimos esperar a los platos, decidimos que comeríamos todos juntos, en comuna, de la misma olla.


También fue un placer desencajar de risa a Carlos. Lo acorralamos y lo cosimos a cosquillas hasta que ya no pudo más… Carlos… Nuestro querido Carlos. Quien empezó como compañero de trabajo, pasó a ser nuestro maestro en las clases de primeros auxilios, después se convirtió en nuestro amigo y, definitivamente, ha pasado a ser como nuestro hermano pequeño. Lo queremos mucho. Y estamos seguros que él a nosotros también, al menos a Jordi, porque le regaló su querida gorra de los Bulls de Chicago. Una gorra a la que le tiene un gran aprecio y que le regaló a Jordi en una ceremonia de entrega de poderes. Un bonito gesto que Jordi no pudo agradecer de mejor modo que con esta cara de felicidad.


Pero no se acabaron aquí los regalos en esa noche. Ahora nos tocaba a nosotros regalar. Nosotros habíamos acumulado muchas cosas que sabíamos que no podríamos llevar con nosotros en el momento de irnos. Así, regalamos a Vanessa nuestra licuadora y algunas perchas. A Karla, algunas camisetas y sudaderas mías que ya no me cabían en la maleta. Repartimos entre todos algunos utensilios de cocina (cubiertos, vasos, platos, cazos…). Pero el regalo estrella fue la bicicleta de Jordi. La destartalada bici que le ha llevado a todos lados sin problemas y que fue su medio de locomoción en Playa. El afortunado fue Obed. Él necesitaba una porque se le habían robado la suya hacía unos meses. Pero Jordi no se la regaló a cambio de nada (no olvidemos que es catalán). Le dijo que se la regalaba si nos premiaba con un pequeño concierto de cajón (el instrumento que toca Obed)… Obed así lo hizo y fue un momentazo de la noche… Sencillamente precioso… Gracias Obed.


Ah!! Y, ¿Qué pasó con mi bicicleta rosa?... Pues se la vendí por 300 pesos (18 euros) a Elisa. Ella también necesitaba una porque se la habían robado junto a la de Obed. Aquí está el momento de la entrega de poderes.


Cuando terminó la velada, nos despedimos con fuertes abrazos y muchos besos. Esta vez no hubo lágrimas. Simplemente, nos echaremos de menos… Al principio.


Nos despedimos de todos excepto de Karla y Eduardo, porque esa última noche la pasaríamos en su casa. Ya había expirado el contrato de nuestro departamento y necesitábamos pasar la última noche en algún lugar antes de ir a la mañana siguiente hacia el aeropuerto de Cancún. Ellos dos aceptaron encantados y nos expresaron su honor de poder acogernos en nuestra última noche. Algo que demostraron sobradamente cuando nos cedieron su cama y durmieron ellos en el sofá… No aceptaron nuestras negativas… ¿No son geniales? Además, eso nos dio la oportunidad de sacar esta foto de Eduardo, que no he podido resistir la tentación de colgarla aquí en el Blog… je, je.

A la mañana siguiente, nos despedimos de Karla, que se fue a trabajar a las 7 de la mañana, y nos quedamos con Eduardo, que también se ofreció a llevarnos a la terminal de autobuses. Fue nuestro último trayecto en su carrito de golf. Un carrito que también nos ha regalado grandes momentos. Pero que no sirvió para que no llegáramos tarde… je, je. Teníamos previsto salir en autobús de las 8:30 pero llegamos a las 8:31 y vimos cómo salía justo ante nuestras narices. Preguntamos por el siguiente, que no salía hasta las 9:20. Yo empecé a ponerme nerviosa pensando que no llegaríamos a tiempo a tomar el vuelo… Y ahí es donde nos miramos y nos dimos cuenta de la falta que nos hacía esa adrenalina y esos nervios del viaje. El tomar autobuses, aviones, planear rutas, nuevos destinos, nuevos horizontes…

Finalmente, con el autobús de las 9:20 tuvimos tiempo de sobra para facturar, y aún tuvimos que esperar un buen rato antes de poder embarcar al avión que nos llevaría a la capital de los mexicanos. A Ciudad de México. A Distrito Federal… Al D.F.

El vuelo fue con la compañía Volaris. Una compañía Low Cost mexicana en la que viajamos muy bien. Los asientos tenían espacio suficiente para las piernas. Nos sirvieron un snack y unas bebidas y nos permitieron repetir. Además, llegaron a nuestro destino con 10 minutos de antelación respecto a la hora prevista… A ver si aprenden las aerolíneas low cost europeas.

En los días previos a nuestra marcha de Playa del Carmen, nos pusimos en contacto con Juan Carlos. Él ya había sido protagonista de este Blog en nuestro post "Playa del Carmen ¿Nos quedamos contigo?" En que explicábamos nuestra primera experiencia en el mundo del buceo. Nuestro bautizo de mar en Cozumel. Él nos acompañó como fotógrafo y él fue quien nos sacó las preciosas fotos que pudisteis ver en ese post. Desde el primer momento en que lo conocimos, hubo una conexión fantástica. Afortunadamente, una vez más, el hecho de ser de Barcelona nos sirvió para ganar puntos antes de empezar. Juan Carlos había estado viviendo en Barcelona durante un año trabajando como camarógrafo y su experiencia fue tan buena y conoció a tanta gente que le ayudó sin pedir nada a cambio que desde ese momento se siente en deuda moral con los catalanes. Nos adora. Pocos días más tarde le surgió un trabajo en el D.F. y vino a la capital a ganar dinero trabajando de lo suyo. Antes de irse, nos dijo: “Cuando pasen por el D.F. contacten conmigo, allí tiene un amigo, y su casa”.

Dicho y hecho. Contactamos con él y nos contestó al instante invitándonos a ir a su casa. Nos dio su número de teléfono para que le llamáramos al llegar, y él nos acompañaría hasta su casa.

Desde el aeropuerto de Ciudad de México le llamamos y nos dijo cómo llegar hasta el centro de la ciudad. En realidad era bien fácil porque el aeropuerto de D.F. está muy bien conectado con la ciudad con varios transportes públicos. El más barato y rápido era el Metro, así que salimos de la terminal y caminamos unos 100 metros hasta la estación de la línea amarilla llamada “Terminal Aérea”. Compramos dos billetes sencillos (3 pesos / 0,20 Euros) y nos subimos al primer convoy que pasó dirección “Pantitlán”. Allí nos bajamos e hicimos transbordo para tomar la línea rosa en dirección “Observatorio” hasta llegar a la estación llamada “Insurgentes”, donde nos bajamos definitivamente para empezar a caminar por la calles del centro de la ciudad. Caminamos unos 15 minutos hasta llegar al punto de encuentro donde nos había citado Juan Carlos, la rotonda de la estatua del “Ángel de la Independencia”.


Desde allí, volvimos a llamarle para decirle que le esperábamos sentados en un Starbucks que había justo al lado, pero Juan Carlos nos dijo que estaba en una reunión laboral importante y que no podría pasar por nosotros hasta dentro de dos horas. Le dijimos que no importaba, que no se preocupara por eso. Que nosotros le esperábamos allí tranquilamente sentados tomando un café y conectados a internet. Íbamos con las mochilas y no era plan de ponerse a pasear por las calles de la ciudad con ellas a cuestas.

Pasadas las 2 horas, Juan Carlos nos llamó y nos dijo que ya estaba llegando así que recogimos todo y le esperamos en la puerta. Inmediatamente llegó y nos recibió entre abrazos y nos confesó que le hacía mucha ilusión nuestra llegada. Nos acompañó hasta su casa y nos ayudó a instalarnos en una pequeña habitación perfectamente preparada, con baño privado para nosotros y cama matrimonial. Perfecto… También nos mostró el resto de la casa, una casa enorme, de unos 100 metros cuadrados, con tres habitaciones, tres baños, cocina, un enorme salón-comedor y unos enormes ventanales que permiten ver parte del panorama de la ciudad. Mientras nos lo mostraba, nos iba contando que compartía el piso con dos amigos. Nos dijo que estaba convencido que nos caerían muy bien, y nos confesó que ésta primera semana tenía un planning de trabajo muy saturado y que no podría estar con nosotros todo lo que a él le hubiera gustado. De hecho, casi nos lo dijo saliendo por la puerta mientras nos entregaba las llaves porque tenía que regresar a trabajar esa misma noche hasta tarde.


Pero antes de marcharse, nos mostró la última sorpresa de la casa… Un genial mesa de ping-pong en la que prometió que jugaríamos unos buenas partiditas en cuanto él regresara. Como podéis ver, así fue. Hasta jugamos partidas de dobles… je, je.


Una vez solos, nos instalamos un poco y fuimos a dar una vuelta de reconocimiento por el barrio para encontrar el supermercado más cercano y empezar a ver todos los servicios que teníamos cerca. Encontramos un supermercado y compramos algunas cosas para llenar un poco la despensa y preparar algo de cenar… Preparamos cena para todos.


Debemos decir que Juan Carlos tenía razón. Sus compañeros de piso son geniales. Nos han tratado de forma increíble. Nos han recibido fantásticamente bien… En la foto, podéis ver a Wally, el de la izquierda, y el más alto. A la derecha, el más bajito, Manolo (alias “Huesos”). Y en el centro, por supuesto, Juan Carlos.


Esa misma primera noche, tras jugar al ping-pong, descubrimos que nuestro amigo Juan Carlos, se había trasladado a dormir al sofá del comedor, y que la cama que usaríamos nosotros era la suya habitual… En dos días consecutivos habíamos visto cómo dos mexicanos diferentes nos cedían su cama en detrimento de su comodidad y descanso, sólo para honrarnos… Y es que así son los mexicanos. Unos excelentes anfitriones.

Al día siguiente ya sí nos dedicamos a recorrer la ciudad en toda su parte centro…
Vimos muchísimas cosas pero las reservaremos para el próximo post porque, en éste, os queremos hablar del siguiente día que hemos estado en el D.F. O sea, hoy.


Nuestro día de hoy lo teníamos reservado para realizar un trámite burocrático que empezó como un granito de arena antes de salir de España, y que ahora ya se ha convertido en un serio problema que amenaza el futuro del viaje… Un problema que, de no poder solucionar, nos puede obligar incluso a volver a Barcelona.

Os pondremos en situación:

Justo antes de salir de viaje, intentamos renovar los dos pasaportes para salir de España con pasaportes nuevos que nos dieran problemas. Con el de Jordi no hubo ningún problema, pero el mío me lo denegaron porque argumentaban que no se podía renovar un pasaporte si no tenía una validez inferior a 6 meses. Bien, pues resulta que ahora que queremos viajar a Australia, nos piden como requisito, que el pasaporte tenga una validez no inferior a 6 meses. O sea, que mi país no permite renovar un pasaporte 6 meses antes de su fecha de caducidad, mientras otros países no admiten pasaportes con fecha de caducidad inferior a 6 meses. Increíbles las incongruencias de la burocracia española, ¿verdad? Bien, mi pasaporte caduca en mayo, lo que significa que voy a poder entrar con mi actual pasaporte en Australia. Para solucionar eso, tenía la opción de renovarlo en el país previo. Ese país es Nueva Zelanda pero, para mi sorpresa, resulta que en Nueva Zelanda no hay Consulado español. Eso suponía que sólo nos quedaba la alternativa de renovarlo ahora en México pero nos han dicho que el proceso de renovación tarda 1 mes. Nosotros no tenemos tanto tiempo. Os recordamos que nuestro avión sale el día 22 de enero. Así que no llegamos a tiempo… Pero hoy teníamos cita en el consulado para preguntar si existe alguna posibilidad de acelerar y agilizar el proceso de renovación…

Si lo tenemos antes del 22 de febrero, el viaje continúa según lo previsto, pero si no lo tenemos para esa fecha, los planes deberán cambiar y habrá que buscar otras alternativas…

Pero, si queréis saber lo que nos han dicho allí, deberéis esperar al siguiente post. En el que os contaremos nuestras aventuras de la gran ciudad, cómo nos va con nuestros nuevos compañeros de piso y, sobre todo, lo que hemos decidido tras nuestra visita al Consulado español…


Porque todo lo que ocurra en la capital de los mexicanos será, sin duda, otra historia.

Muchas gracias a todos.
19 de enero de 2012

Visitando Mahahual y Bacalar... La otra Riviera Maya.

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Comenzamos este post con una gran noticia. Algo que hemos estado esperando mucho tiempo poder anunciar aquí... ¡¡¡SOMOS DIVEMASTERS!!!!

Así, directamente. No queremos dilatar más la noticia ni alargar más la espera. Tenemos ganas de gritarlo a los cuatro vientos. Tenemos ganas de que se sepa. Tenemos ganas de compartir con vosotros que hemos conseguido el objetivo por el que decidimos quedarnos estos meses en Playa del Carmen. Y para ello, hemos tenido que superar diferentes pruebas y diferentes exámenes. El último de ellos la semana pasada. Un examen del que ya os hablamos en el post anterior. 120 preguntas que ponían a prueba nuestros conocimientos sobre el mundo del buceo.


Y tenemos que decir que, aunque éramos optimistas y confiábamos en haberlo hecho bien, los resultados han superado nuestras expectativas. Hemos superado con muy buena nota este último escollo... Jordi respondió correctamente 116 de las 120 preguntas, para alcanzar un porcentaje de acierto del 97,6. Por mi parte, respondí con acierto 112. Algo menos bien, pero que me dejaron con el 95,8% de respuestas correctas.

Como os decíamos, todo un éxito que sirve además para demostrar que no exagerábamos ni un ápice cuando os contábamos la semana pasada que habíamos estado estudiando muchísimo.

Así, ahora podemos decir que mereció la pena la espera y los nervios que pasamos durante los 3 días que estuvimos con la incertidumbre de saber los resultados. Cuando Marcos se reunió con nosotros para darnos las buenas noticias, intentó mantener un gesto serio y hierático que ocultara su alegría, pero no podía evitar que cierta felicidad se le escapara por la comisura de los labios. Y es comprensible porque nuestros logros como estudiantes son, de igual manera, sus logros como instructor.

Un gran éxito como instructor multiplicado por cuatro porque además de certificarnos a nosotros dos, también consiguió certificar a David y Bárbara, nuestros amigos y compañeros canadienses que hicieron el examen el mismo día que nosotros. Y debemos decir que ellos, incluso superaron nuestras notas (aunque ellos llevaban un año entero preparándose para este momento).


Desde aquí, felicitamos a nuestros amigos canadienses porque son unos cracks que se merecen lo mejor. Aquí estamos festejando el momento en que por fin podíamos celebrar el éxito. Mojados, porque nos tiraron un cubo de agua a traición para "bautizarnos" como Divemasters.


Y aquí los cuatro recién titulados con nuestro instructor, Marcos, una imagen para el recuerdo...


Como os podréis imaginar, esa misma noche decidimos celebrarlo así que nos reunimos con nuestros amigos de Chihuahua y con Carlos para organizar una cena en nuestra casa. Pero no una cena normal, una cena al estilo Jordi. ¿Cuál es el estilo Jordi? Pues una cena sólo de postres. Así, nosotros preparamos un postre (adivinad cual), Karla y Eduardo prepararon otro, y Elisa y Obed otro más. Carlos puso las ganas de comer (está en edad de crecimiento... je, je)

Si no nos hace falta una razón para reunirnos con nuestros amigos, esta vez estaba más que justificado el encuentro. Estábamos muy, muy contentos, y reírnos con ellos no hizo más aumentar esa alegría. Los queremos mucho a todos. Realmente les echaremos muchísimo de menos.


Eso sí. Acabamos gordísimos y con una sobredosis de azúcar que parecíamos drogados. Nos acordábamos de un capítulo de los Simpsons en que Bart Simpson y su amigo Milhouse sufren una sobredosis de azúcar y empiezan a tener alucinaciones. Fijaos sino cómo acabamos todos subidos en el carrito de golf de Eduardo, como niños, riéndonos y haciéndonos fotos a las 2 de la madrugada. Teniendo en cuenta que sólo había caído alguna que otra cerveza, sólo hay una explicación... Sobredosis de azúcar.


Y aprovechamos este momento para homenajear a estos grandes amigos que el camino nos ha regalado... Empezaremos por la sonriente y devoradora de salsa picante (se la come a cucharadas) Elisa.


El gran Eduardo, un tipo genial y divertidísimo que es capaz de amenizar cualquier velada con su genial sentido del humor y su poca vergüenza. En la foto a la derecha de Jordi. Porque a la izquierda están, primero Obed, el artista del grupo (gran músico) y Carlos, compañero y gran persona que se ha convertido en algo más que un amigo para nosotros.


Finalmente, y no por menos importante, si no porque así me han ido saliendo las fotos, nuestra querida Karla... Ella es todo nervio, es pura pasión y todo corazón. Echaremos de menos sus abrazos.


Pero no se acabaron las celebraciones del éxito en una cena. Al día siguiente, tras conseguir el permiso de Marcos para no ir a trabajar, tomamos un autobús con Carlos para ir a conocer otra zona de la Riviera Maya. La parte sur. La parte más alejada de Cancún y Playa del Carmen y que aún (aunque parezca increíble) está libre de la llegada masiva de turistas... Nos fuimos a Mahahual.


Mahahual es un pequeño pueblito de 950 habitantes al sur de la costa caribeña de la Riviera Maya. En su origen una pequeña villa de pescadores que pasaba desapercibida por estar muy alejada del centro turístico del país, Cancún. Pero el desarrollo llega a todas partes y hoy en día quedan pocos lugares alejados del reino del consumo. Mahahual, es aún un pequeño bastión que resiste, pero cediendo lentamente. Así, en Mahahual conviven dos tipos de personas. Por un lado, aquellos que aman el clima y las playas del Caribe mexicano. Y por otro lado, todos aquellos que ven esta pequeña localidad como una inversión de futuro ya que parece inevitable que, en pocos años, Mahahual se convertirá en lo que es hoy día Playa del Carmen. Por tanto, si queréis disfrutar del Caribe sin agobios, en playas paradisíacas y casi solitarias, o si queréis montar un negocio con vistas a un futuro prometedor, Mahahual es vuestro lugar. Y la prueba inequívoca de que esto así será la podéis ver en esta foto del centro del pueblo, conservando una pirámide maya, pero con un Hard Rock Café que aún mantiene sus puertas cerradas la mayoría de los días, esperando la llegada de los turistas.


A ello también contribuyó una tragedia ya que, el 21 de agosto del 2007, el Huracán Dean, con categoría 5 y vientos de más de 270 km/h, arrasó sin piedad esta pequeña y tranquila población destruyendo más del 80% de las construcciones e infraestructura. Esto obligó a un proyecto de reconstrucción que cayó en manos de los ambiciosos empresarios que, amparados por ese supuesto proyecto de reconstrucción, decidieron llenarse los bolsillos gracias al cemento y al ladrillo. Algo que nos suena demasiado en España.


En definitiva, como siempre, estamos ante una disyuntiva llena de polémica. ¿Qué es mejor? ¿Incentivar la economía de esta zona promoviendo la llegada de las divisas que atrae el turismo a costa de degradar el ecosistema, o por el contrario, mantener el ecosistema virgen a costa de la precariedad económica de los lugareños?... Evidentemente, hay opiniones para todo. Probablemente haya un término medio que a muchos no interesa pero que quizá dejara contentos a la mayoría. Incluso a la pobre flora y fauna de la zona, que es la que más sufre los efectos de la guillotina capitalista.

Pero las excelencias de Mahahual no acaban en sus playas, su sol y su ambiente aún tranquilo. También está situado en un enclave privilegiado muy cerca de la frontera mexicana con Belice. Pero, además, pocos kilómetros mar adentro, se encuentra el Banco Chinchorro, un atolón coralino declarado reserva natural y la segunda barrera de arrecifes más grande del mundo (Por detrás de la Gran Barrera del Coral en Australia, que esperamos poder visitar en pocos meses). La biodiversidad y la belleza de este lugar hace todavía más difícil de creer que este lugar haya conseguido mantenerse a salvo de la destructiva curiosidad del hombre tanto tiempo.



Afortunadamente, nosotros hemos llegado a tiempo de disfrutar de sus playas snorkeleando totalmente solos en sus aguas cristalinas, poco profundas, en las que no hace falta sumergirse para ver los peces que por allí andan nadando. Hemos llegado a tiempo de poder ver el espectáculo de dos enormes rayas águila nadar a pocos metros de nosotros, sólo zambulléndonos con un tubo y una máscara. Hemos llegado a tiempo de ver un Mahahual tranquilo, casi vacío en sus calles. Un Mahahual que está viviendo la calma que precede a la tempestad. Un Mahahual que se prepara poco a poco para lo inevitable, pero que lo acepta con calma resignada. Pero un Mahahual, al fin y al cabo, capaz de ofrecernos una puesta de sol maravillosa que quisimos captar en silencio en esta foto.


Pero, para llegar hasta allí desde Playa del Carmen tuvimos que tomar un autobús de la compañía Mayab (144 pesos / 8,50 euros por persona) hasta un pueblo llamado Limones, a 3 horas de camino. Y desde Limones, tomar una combi (50 pesos / 3 euros por persona) hasta Mahahual.

Como hemos dicho, nos fuimos con Carlos. Él tiene familia allí, y nos estaban esperando. En Mahahual viven 2 primos de Carlos. Uno de ellos, Edgardo, acaba de abrir el primer gimnasio del pueblo. El otro de los primos, Irvin, es propietario de un restaurante de comida 100% mexicana llamado "Restaurante El Padrino".


El mejor restaurante de comida mexicana de la Riviera Maya. Y no porque sea del primo de Carlos. Irvin es un tipo fantástico pero el auténtico secreto de "El Padrino" estábamos a punto de descubrirlo. Porque antes tuvimos que ir a alojarnos en una pequeña posada, la Posada del Puerto, que nos cobró 350 pesos (20,50 euros) por una noche en una habitación doble, con baño, agua caliente, aire acondicionado y televisión por cable.

Tras instalarnos, volvimos al restaurante, ya preparados para comer. Teníamos bastante hambre ya que el trayecto había sido largo y apenas habíamos desayunado por haber tenido que despertarnos muy temprano... En cuanto empezaron a traernos los platos, nos dimos cuenta de que estábamos ante el secreto mejor guardado del Caribe mexicano. La chef Anna. Ella, que está en la foto sentada presidiendo la mesa rodeada por Jordi y por mí, es una cocinera excelente que nos preparó una carne a la arrachera con salsa poblana deliciosa, y un pollo adobado exquisito.

Tras dar un largo paseo por Mahahual, en el que nos cayó una buena lluvia encima, volvimos al restaurante "El Padrino" donde nos esperaban los primos de Carlos con algunos amigos para empezar a beber y celebrar que estábamos allí de visita. Lo pasamos muy bien charlando de todo un poco y, cómo no, bebiendo más de la cuenta. Desde la cerveza hasta el inevitable tequila que siempre hace su acto de presencia en cualquier reunión en la que haya algún mexicano.


A eso de las 3 de la madrugada nos retirábamos a dormir... Pero, a pesar de que lo normal hubiera sido quedarse durmiendo hasta bien entrada la mañana siguiente (eso es lo que hizo Jordi), yo me desperté sobre las 7 de la mañana para ir a desayunar y dar un paseo matutino por las maravillosas playas de Mahahual. El sol brillaba y no había nadie. Me senté en la blanca arena intentando absorber algo de los rayos solares mientras intentaba hacer algunas fotos para captar esos preciosos paisajes.


Después de comer, con Jordi y Carlos ya despiertos (más o menos), empezamos a despedirnos de Irvin, Anna y Edgardo... Nos habían tratado genial y habíamos pasado muy buenos momentos con ellos. Habíamos comido genial. Pero Carlos debía regresar a Playa del Carmen para trabajar al día siguiente y nosotros habíamos decidido pasar el domingo en Bacalar, otro pequeño pueblito del sur de la Riviera Maya. Un pueblo a una hora y media en furgoneta desde Mahahual. Tomamos el transporte los tres juntos. Carlos bajaba en Limones para tomar el bus de regreso a Playa, y nosotros continuábamos camino hacia Bacalar. Eso sí, la pequeña parte de trayecto que hicimos los tres juntos sirvió para que las dos marmotas continuaran durmiendo un poquito más... je, je... Angelitos.


Tras despedirnos de Carlos, y tras una hora más en la furgoneta, llegamos a Bacalar. Era ya de noche y rápido quisimos encontrar un lugar donde instalarnos para no andar paseando demasiado por un lugar que no conocíamos, de noche. Siempre tratamos de evitar ese tipo de "imprudencias". Y no porque Bacalar, u otras ciudades, sean más o menos peligrosas, si no porque no es prudente caminar de noche por lugares que uno desconoce. Por eso, siempre intentamos llegar a un nuevo destino con luz diurna.

Así, tras caminar unos diez minutos dirección al centro, entramos en la primera posada que encontramos. Afortunadamente, la Posada Nueva Esperanza, era mucho mejor por dentro que la imagen que daba por fuera. Un jardín precioso y bien cuidado que daba acceso habitaciones tipo cabañas con baño privado, agua caliente, televisión por cable e internet. Nos pidieron 300 pesos (18 euros) y aceptamos. Era un buen precio y, además, no queríamos andar buscando más. Así que, tras instalarnos, lo único que hicimos fue salir a buscar el supermercado más cercano para comprar algo para cenar y aprovechar que la habitación era bien grande y con una mesa con dos sillas, para sentarnos tranquilamente a comer mientras mirábamos absortos la televisión.


Y, ¿Por qué fuimos hasta Bacalar? Pues porque éste tranquilo pueblito está situado en la ribera de la Laguna de Bacalar, también llamada "La Laguna de los Siete Colores". Uno de los atractivos turísticos más importantes del sur del estado de Quintana Roo.

Al día siguiente, tras despertarnos, salimos a conocer es famosa laguna, y a comprobar si realmente se pueden contar 7 colores diferentes... Pero antes de acercarnos a la laguna, pasamos por el Zócalo, el parque central del pueblo. Muy bonito. Donde justo al lado se puede visitar el Fuerte de San Felipe. Un fuerte de la época de la guerra de colonias que construyeron los españoles para defender la zona de los ataques de los piratas ingleses, franceses y holandeses.


Tras visitar el fuerte, nos fuimos directos a la laguna... ¡¡Y qué maravilla!! Las imágenes que se pueden observar a orillas de la laguna son hermosas. A cada momento nos parábamos a hacer fotos. Desde un ángulo y desde otro. Intentando captar la paleta de diferentes tonalidades de azul y verde que se pueden observar. Los contamos, y realmente podemos asegurar que hay siete colores... Quizá más. Esto parece que se debe a las aguas poco profundas que facilitan que la luz del sol penetre hasta reflejar las diferentes tonalidades del fondo. Al parecer, esta laguna se formó por el desborde de las aguas de 7 diferentes cenotes que había en la zona, constituyendo ésta única laguna estrecha y larga que se puede observar hoy día.


Fuimos bordeando la costa de la laguna recorriendo la avenida costanera, una carretera poco transitada que transcurre a lo largo de la laguna desde el pueblo de Bacalar. Caminando en dirección sur, nos dirigíamos al segundo atractivo más importante de este pueblo. El Cenote Azul. Pero desde el centro de Bacalar hay que caminar como una hora por la costanera para llegar a la entrada del cenote y, mientras caminábamos, nos íbamos parando todo el tiempo haciendo fotos de la laguna. Además, había muchos muelles de madera a los que se podía acceder para adentrarse un poco en la laguna.



Poco a poco, caminando admirados por el precioso espectáculo de colores de la laguna, nos íbamos acercando al Cenote. Pero aún nos quedaba un buen trecho cuando un buen hombre, muy simpático, detuvo su furgoneta cuando llegó a nuestra altura y, en inglés, nos preguntó si nos dirigíamos hacia el Cenote. Le contestamos que sí, y amablemente, nos invitó a subir a su vieja furgoneta para llevarnos hasta la entrada del Cenote... Se presentó como Antonio y, por el camino, nos estuvo contando su historia. Resultó ser un tipo divorciado inglés que está viviendo en Ontario, Canadá, pero que tiene una casa en Bacalar que usa en los meses del invierno canadiense para huir del frío. Cuando le dijimos que somos de Barcelona se puso muy contento y, de nuevo, volvimos a comprobar que ser de Barcelona en una fantástica carta de presentación. No sabemos qué es, pero siempre que decimos ser de Barcelona, la gente nos acoge con una sonrisa. Así que, ¡¡Gracias Barcelona!!


Una vez nos despedimos de Antonio, nos dispusimos a entrar al Cenote. Buscamos la taquilla para pagar pero, buscando, buscando, nos dimos de bruces con las azules aguas del cenote. Habíamos entrado hasta la orilla sin encontrar dónde se pagaba. No había donde pagar. Era gratuito. Buen rollo.

Contentos, rápidamente nos pusimos nuestros equipos de snorkel para bañarnos en sus aguas y, sorprendentemente, la temperatura era bien agradable. Nosotros esperábamos encontrar aguas bien frías igual que en los anteriores cenotes que habíamos visitado pero no fue así. Quizá la razón sea que este cenote no está cerrado a la luz del sol. Está totalmente abierto y despejado de cavernas, dejando pasar la luz solar que calienta sus aguas.


Estuvimos cerca de dos horas bañándonos y snorkeleando en el cenote. Vimos son cierta envidia cómo algunos buzos se sumergían para conocer su interioridades. Aunque, de todos modos, estamos seguros que éste no es uno de los mejores cenotes para bucear. Tampoco para snorkelear. Pero lo importante fue que disfrutamos de un buen baño y de un pequeño picnic sentados en su orilla.


Tras el buen baño, recogimos e iniciamos el camino de regreso a Bacalar. Durante más de una hora volvimos a recorrer la avenida costanera junto a la laguna. La única pega, es que se está contaminando la primera línea de costa con muchísimas construcciones de casas particulares. Preciosas eso sí. De hecho, desde la terraza de una de esas casas hicimos unas fotos increíbles de los colores de la laguna.


Cuando llegamos de nuevo al centro de Bacalar, nos sentamos a tomar un café mientras esperábamos a que llegara la hora de tomar el autobús de regreso a Playa del Carmen. Un autobús de la compañía Mayab que nos costó 144 pesos (8,50 euros) por persona para recorrer las 4 horas y media de trayecto.

Ya en Playa de nuevo, nos fuimos a dormir para afrontar la que será nuestra última semana aquí. Una semana que nos recordará mucho a nuestra última semana en Barcelona antes de partir porque estará llena de cenas y cafés de despedida y tendremos que decir adiós a mucha gente que quisiéramos llevarnos con nosotros... Pero eso mejor lo contamos en el próximo post. Un post que será escrito, después de mucho tiempo, desde otro lugar que no sea Playa del Carmen. Y sólo por eso, nos aventuramos a asegurar que será otra historia.

Besos a todos.