Imprime este artículo Mi Buenos Aires querido...

Ciudad con sabor a tango, con el rumor de un verso y con aroma a libro viejo. Ciudad que todo lo puede y todo lo quiere, pero que nada consigue. Ciudad capaz de todo lo bueno y mucho de lo malo, pero que casi siempre es lo peor. Ciudad hermosa, pero terrible. Te recibe con una sonrisa pero acaba por destuirte. Alegre, pero iracunda. Activa, pero dormida. Vital, pero enferma. Caliente, pero alienante. Valiente, pero ridícula... La quieres, pero necesitas huir de ella. La respetas, mientras te abofetea una y otra vez sin descanso... La gran Buenos Aires es como amar con toda el alma a una persona que sabes que no te conviene. Que te va a hacer daño hasta acabar contigo pero, aún así, no puedes alejarte de ella mientras lloras de rodillas con la cabeza en su regazo y totalmente a su merced. Ciudad que tiene miedo de ella misma. Ciudad de sobrevivientes. Ciudad que se mira en el espejo europeo de ciudades como París o Madrid, sin poder siquiera acercarse a la primera y consiguiéndolo en muchos aspectos con la segunda. Una mezcla de España e Italia adornada con ambientes parisinos. Megalópolis de más de 13 millones de habitantes, que parece que siempre seguirá siendo la tierra prometida que imaginaron los colonos italianos y españoles. Esa mezcla también se puede observar en el carácter del porteño, un tipo a caballo entre la picaresca española, la astucia italiana y la viveza criolla. Eso los hace únicos en Sudamérica, y ellos lo saben, y algunos, quizá muchos, no saben sobrellevarlo con humildad.

A esta ciudad llegamos una mañana de un jueves gris. Temprano, muy temprano. Pero, ¿Cómo llegamos? Ese es un buen comienzo. ¡Empecemos! Nos íbamos de Córdoba en el bus nocturno de la compañía Urquiza con todo tipo de lujos pero sin saber dónde íbamos a dormir ya que la chica que debía alojarnos nos comunicó una hora antes de partir que no estaría en casa por problemas laborales… Bien, después de unos momentos de pánico, nos pusimos a buscar soluciones ya que no nos gustaba la idea de llegar a la gran Buenos Aires sin un lugar donde caer o, al menos, donde dejar caer nuestras mochilas mientras íbamos en busca de algún hostel o albergue. Primero llamamos por teléfono a Stela, la simpática y pizpireta porteña que conocimos en Ushuaia y, ante la imposibilidad de alojarnos, se ofreció muy amablemente a guardarnos las mochilas para que fuéramos libremente en busca de alojamiento. Afortunadamente, no fue necesario ya que, gracias al servicio de Wi-Fi del súper autobús en el que viajábamos conseguimos contactar con Patricia. Nuestra salvadora y la que se convertiría en nuestra anfitriona y amiga en Buenos Aires. Jordi estuvo hasta las 3 de la madrugada mandando mensajes casi a la desesperada y a las 8 de la mañana ya teníamos la respuesta afirmativa de Patricia y su dirección en el barrio de Belgrano. Antes de las 10 de la mañana ya estábamos alojados en su casa y preparados para empezar a disfrutar de la capital de los argentinos.
Y así lo hicimos, nos compramos un pase de 10 viajes en el subte (metro) y nos fuimos directamente hasta el corazón de la ciudad, la Plaza de Mayo. Allí, empezamos a hacer fotos como si fuéramos japoneses. A la Casa Rosada, al Cabildo, a la Catedral, al Obelisco de la plaza… Y es que las cuatro esquinas de la plaza están sembradas de historia y cultura. Además, en la plaza se concentran todavía todos los jueves por la tarde las Madres de la Plaza de Mayo para seguir protestando y exigiendo justicia por sus hijos y nietos desaparecidos. La plaza está llena de pancartas y carteles reivindicativos y el suelo está sembrado de dibujos en forma de pañuelos blancos, símbolo de la lucha pacífica ante la represión y que surgió como símbolo de los antiguos pañales de tela blanca que debían llevar sus nietos desaparecidos. Entramos a la catedral de un precioso estilo neoclásico cual panteón griego y estuvimos conociendo todos los alrededores y calles principales del centro. La calle Corrientes (La calle de los teatros) la avenida 9 de Julio (con el Obelisco más conocido del país)… Llegamos hasta el Teatro Colón que es EL TEATRO en mayúsculas de la ciudad. Nosotros lo equiparamos con el Liceo de Barcelona en cuanto a belleza e importancia. La fachada del edificio es enorme y preciosa y su interior es lujoso y brillante pero sólo pudimos disfrutar del Hall ya que la visita al resto del teatro costaba 60 pesos (11 euros) por persona y decidimos que no queríamos que nos robaran en ese momento. Ya habría otras oportunidades.

Seguimos con nuestra visita a la ciudad pero antes, cansados de caminar y sedientos por el intenso sol que había empezado a brillar en el cielo porteño, hicimos una pausa en uno de los múltiples cafés Havanna que hay por la ciudad. “Parque temático” del alfajor y el dulce de leche, no apto para diabéticos, y donde se puede disfrutar también de uno de los mejores cafés de la ciudad… Allí nos tomamos un café, una pepsi y un havannet con dulce de leche que nos sentó como los ángeles y nos permitió seguir caminando y conociendo la ciudad.
Nos fuimos directos a la zona de Puerto Madero. Buenos Aires se vuelve moderno y vanguardista en este barrio. Una de las zonas más nuevas y menos convencional de la ciudad. Los antiguos muelles de carga, los almacenes portuarios y diques comerciales se han reformado para construir viviendas lujosas, un buen paseo peatonal entre edificios exclusivos de cristal y restaurantes de diseño y múltiples sedes de empresas multinacionales. Todo ello bien mezclado con bonitas zonas ajardinadas. Allí, se puede visitar un lugar bien conocido para los amantes del cine argentino, el Hall del hotel Hilton, en el que se rodaron muchas de las escenas principales de la película “Nueve Reinas”. Ya cansados, decidimos irnos a casa de Patricia (nuestra casa en Buenos Aires) para cenar y dormir. Pero antes, de camino, pasamos por una Oficina de Información Turística para preguntar el precio y los horarios de los teatros y el precio y los horarios de los ferrys que cruzan a Uruguay… Para la primera de las preguntas nos derivaron a una web donde podríamos ver toda la cartelera de teatros de la ciudad y para la segunda, nos derivaron a las empresas Buquebus y Colonia Express para preguntar sus precios y disponibilidades. Como las empresas de los barquitos estaban cerca, allá nos fuimos, pero nuestra sorpresa llegó cuando nos dijeron los precios… ¡¡¡200 pesos por persona (38 euros) por un trayecto de una hora!!! Ante nuestra cara descompuesta, la chica nos explicó que los días en que nosotros queríamos viajar coincidían con los días de la conmemoración del golpe de estado y que justamente este año, la presidenta Cristina Kirchner, lo había decretado como festivo. Así que era puente para los argentinos y todos querían viajar a Uruguay… Resultado, nosotros nos jodíamos y los precios por las nubes… Resultado, decidimos no ir a Uruguay. Así, con cambio de planes, nos fuimos a casa a cenar con Patricia, que vive con su hija María, una pelirroja de pelo rizado precioso, de 20 añitos, estudiante de Relaciones Internacionales. Cenamos con ellas, charlamos un poco de todo… Y a dormir.
Al día siguiente, viernes, nos levantamos tarde y no salimos hasta las 12:00. Habíamos quedado con Stella a las 17:00 así que, sin mucho tiempo por delante, nos fuimos caminando hasta el barrio de Palermo. Allí, divididos en Palermo Viejo, Palermo Soho y Palermo Hollywood, están repartidos los restaurantes y bares de moda y más originales. La verdad es que es muy difícil decidir entre tanta oferta pero nos sentamos a comer en un bar muy original y muy bien decorado en el que comimos el menú del día (bondiola de cerdo, papas fritas y panqueque con dulce de leche + bebida) por 34 pesos (6,30 euros). Despistados mirando las fotos que decoraban el local, llegamos tarde a casa de Stella pero nos alegramos muchísimo de volver a verla y, además, nos recibió con unas medialunas buenísimas… Pero como no tenía coca-cola para Jordi, él mismo salió a comprarse su bebida y volvió con una CÓRDOBA COLA… Toda una experiencia. Volvimos a casa y nos fuimos a dormir. Al día siguiente nos íbamos de excursión al Delta del Tigre.

No conseguimos levantarnos muy temprano pero, aún así, tras tomarnos el tren (2 pesos / 0,30 euros) y en 40 minutos estábamos en Tigre. Siguiendo las precisas indicaciones de Patricia, fuimos directamente a la boletería del puerto para tomar un barquito que te lleva durante una hora a través de los diversos canales que el rio Paraná a generado de forma natural a base de la sedimentación, formando islas y un precioso delta. El único en el mundo a orillas de un río y no de un mar. La verdad es que es una excursión preciosa y que recomendamos a todo el mundo (35 pesos / 6,50 euros) ya que una guía turística te va explicando detalles de la historia y de los secretos de la zona. La ciudad de Tigre, a parte del Delta, tiene algún otro interés como el museo del Mate, un parque de atracciones que ríete tú del Tibidabo y, sobretodo, el Puerto de Frutos. Un mercado enorme y lleno de puestitos para comer, beber y disfrutar mirando y mirando miles de productos artesanales y de la tierra. ¡¡Incluso se puede encontrar cerveza "Duff" como la de los Simpson!! Altamente recomendable sentarse en algunos de sus puestitos a comer.
A la vuelta del Tigre, nos llegamos de nuevo hasta Palermo aprovechando que era sábado y que se montan pequeñas muestras de moda y de artesanía callejera e incluso dentro de los bares… La verdad, es bueno pasarse a recorrer sus calles un sábado a la tarde-noche.
El domingo, tuvimos un día movidito y muy bien aprovechado aunque tampoco conseguimos despertarnos muy temprano.
Primero nos fuimos hasta Caminito, en el barrio de La Boca. Un barrio humilde en el antiguo puerto mercante, el primero de Buenos Aires, que fue cobijo de miles de inmigrantes que llegaron masivamente antes, durante y después de la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial. Actualmente, nadie recomienda transitar sus calles por su peligrosidad fuera de las dos calles turísticas que forman Caminito. Nosotros llegamos en el bus 152 (1,20 pesos / 0,20 euros) y pudimos disfrutar de esa famosísimas casas y “conventillos” (pensiones) hechas de chapa y madera de diferentes colores (pintadas con la pintura sobrante de los barcos). Además, en el mismo barrio, a tan sólo dos cuadras de Caminito, nos llegamos hasta “La Bombonera”, el estadio de Boca Juniors. Toda una religión en Argentina y para muchos, “Más que un Club”, (¿Os suena?). Hogar de estrellas de la talla de Maradona y otros grandes cracks que rivalizan deportivamente con el otro gran club de la ciudad y de toda Argentina, River Plate. ¿Os imagináis dos clubes de fútbol de la talla y la rivalidad que pueden tener el Real Madrid y el Barça conviviendo en una misma ciudad? Pues eso es lo que se puede vivir en Buenos Aires con estos dos históricos clubes.
Comimos un bocadillo de bondiola cerdo con chimi churri por 16 pesos (3 euros) en un puestito callejero a los pies de “La Bombonera” antes de sumergirnos en la marea de gente que inunda las calles del barrio de San Telmo todos los domingos. Día en que se organiza el mayor y más conocido mercadillo callejero de antigüedades y artesanías de la capital. Otra experiencia imperdible.
Disfrutamos paseando por las calles atestadas del que es considerado el barrio bohemio de la ciudad y auténtico casco antiguo ya que, dicen, fue en este barrio donde Pedro de Mendoza izó por primera vez la bandera de la corona española en 1536. Se convirtió en el primer gran puerto y se asentaron las familias más importantes y adineradas hasta que una epidemia de fiebre amarilla les obligó a trasladarse a otras zonas de la ciudad. Actualmente, el barrio está lleno de calles adoquinadas y edificios bajos coloniales que remontan al visitante al auténtico Buenos Aires de principios del siglo XX. Además, tangueros callejeros, vendedores ambulantes de las típicas empanadas de carne y jugo de naranja natural y llenito de uno de los sitios preferidos de los porteños, los cafés. Para ellos se trata de algo más que un lugar para tomarse un solo, un cortado o un expreso, sino también de un lugar en el que desarrollar uno de sus deportes favoritos… ¡¡Hablar!!
Y eso nos lleva hasta nuestro siguiente destino. Tras deambular unas horas sin destino por San Telmo nos fuimos al Café Tortoni. Situado en la Avenida de Mayo, se fundó en 1858. Siempre hay cola pero con un poquito de paciencia, se puede conseguir entrar y sentarse a disfrutar de su decoración estilo Art Noveau mientras se degustan unas riquísimas medialunas de manteca o rellenas de jamón y queso. Este café era frecuentado por nombres como Jorge Luís Borges, Carlos Gardel o Alfonsina Storni. Nosotros tuvimos paciencia y os aseguramos que merece la pena la visita y, aunque no es un lugar barato, nos encantó la experiencia (un café con leche con 3 medialunas = 20 pesos / 3,50 euros). A las 8 de la tarde habíamos quedado con nuestra amiga Stella pero al salir del Tortoni nos dimos cuenta que teníamos tiempo de realizar una visita guiada al interior de la Casa Rosada, la casa de gobierno.
Todos los sábados y domingos del año, se abren las puertas de este edificio de fachada de color de rosa en el que se toman las decisiones más importantes del país. Todo aquel que quiera puede entrar e incluso realizar una visita guiada a través de los pasillos por los que se han paseado presidentes y dictadores y asomarse a los balcones desde los que Evita (Eva Duarte) se dirigía a su pueblo con brazos alzados y Maradona exhibió la copa del mundo de fútbol ante un país entero. Nosotros entramos pero tuvimos la mala suerte de que, tras 50 minutos de espera, nos tocara un grupo sin guía, así que hicimos la visita sin las explicaciones pertinentes. Al salir, dejamos muestra de nuestro descontento hasta conseguir que nos pidieran perdón, pero nada más.
Llegó la hora de irnos a casa de Stella, y allí que nos plantamos con muchas ganas de verla de nuevo y volver a compartir buenas charlas con ella. Lo pasamos muy bien, comimos un excelente pollo con salsa de mostaza acompañado de arroz y un heladito de postre al que se unió Adriana, una compañera de trabajo de Stella que ha vivido durante un buen tiempo en Barcelona y que guarda deseos de volver. Volvimos a casa en el colectivo 65, ya era tarde, y nos fuimos a dormir. El día había sido largo.
Nos despertamos tarde en la mañana del lunes. Salimos tarde y nos fuimos directamente hacia la terminal de autobuses a comprar los pasajes para nuestro siguiente destino. Ya habíamos decidido qué día y hacia dónde nos dirigiríamos al dejar Buenos Aires… Pero eso lo desvelaremos más tarde. Nos fuimos de allí con los pasajes en la mano de nuevo hacia Palermo Soho, allí habíamos quedado con Pablo y Elena. Ellos ya llevaban varios días en la ciudad pero no habíamos podido coincidir hasta ese día y, cómo no, nos reunimos para sentarnos alrededor de una mesa a comer. Comimos en un lugar de esos buenos, bonitos y baratos… Un estupendo ojo de bife con guarnición y postre por 40 pesos (7,50 euros) en un local bonito llamado “Lo de mi hermano”. Pero siempre que nos reunimos con los grandes Pablo y Elena, la excusa es la comida, pero lo realmente importante es lo bien que nos hacen sentir. Nos reímos entre los cuatro y podemos hablar con total franqueza de cualquier tema siempre desde el sentido del humor y la tolerancia. Nos encanta su compañía así que, previa consulta a Patricia, los invitamos a cenar en “casa” la noche siguiente ya que era nuestra última noche en la ciudad y sabíamos que va a ser difícil que nos volvamos a encontrar en este viaje.
Pero antes, esa misma tarde, nos fuimos con ellos hasta otro de los curiosos atractivos de Buenos Aires. La Librería Ateneo. Antiguamente fue un teatro pero actualmente se trata de una de las librerías más hermosas del mundo. Para los amantes de las letras, como Jordi, esta es una visita obligada. Ha conservado su estructura con sus palcos y escenario. Toda una delicia visual. Jordi se lo quería llevar todo y casi tuvimos que sacarlo a patadas de entre las estanterías llenas y llenas de libros.
Y llegó el martes en que volvimos a levantarnos tarde y, además, aprovechamos la amabilidad de Patricia, que nos ofreció usar su lavadora para lavar nuestra sucia ropa. Comimos en casa y salimos a dar un pequeño paseo por nuestro barrio ya que en poco rato habíamos quedado con Pablo y Elena en casa para preparar una cena “a la española” a base de tortilla de patatas, salmorejo, “pa amb tomàquet” y tarta de queso. La cena fue fenomenal, nos reímos mucho entre amigos y nos despedimos… Al día siguiente, partíamos sin remedio para alejarnos de ellos y de todo lo que os hemos contado. De nuevo nostalgia e ilusión.
Pero aún tuvimos una última oportunidad para darles un nuevo abrazo tanto a nuestras geniales anfitrionas María y Patricia como de nuestros buenos amigos Pablo y Elena ya que, al día siguiente, aunque con lluvia, María y Patricia estaban en casa cuando nos fuimos y los sevillanos nos guardaron durante unas horas las mochilas en su hogar de acogida mientras aprovechábamos las pocas horas que nos quedaban en la ciudad para visitar el barrio de Recolta, lo último que nos faltaba por ver.
Recoleta es uno de los barrios más exclusivos de Buenos Aires pero la “estrella” es su cementerio. Es espectacular. Una auténtica mini ciudad de mausoleos en los que reposan bien profundo y a perpetuidad (Es el único cementerio que otorga tumbas a perpetuidad) varias generaciones de la alta aristocracia argentina. Sarcófagos, criptas y mausoleos con mucho caché y de todos los estilos escultóricos y arquitectónicos. Una auténtica ostentación funesta que hace las delicias de los turistas más morbosos… Y allí que nos fuimos nosotros, con lluvia incluida, a recorrer los cientos de pasillos de tumbas intentando descubrir aquellas más bonitas y las de los muchos personajes famosos que lo “habitan”. Entre las más destacadas y floreadas, por supuesto, la de Evita. Aprovechamos que la entrada es gratuita y que, además, se realizan varias visitas guiadas, también gratuitas, a lo largo del día para conocer mejor los secretos del cementerio más elitista del mundo. Pero llegó el temido momento de recoger las maletas y abrazar bien fuerte a nuestros sevillanos queridos… Por si tardamos mucho en volver a verlos. Fue todo muy rápido porque no queríamos llegar tarde a la terminal… Quizá necesitábamos abrazarles más… Les extrañaremos. Sacamos los pasajes del bolsillo y esperamos la hora de retraso que llevaba nuestro bus… Pero llegó la hora, comprobamos el cartel luminoso para comprobar si el destino era el correcto… Decía: “Destino: Puerto Iguazú”. Subimos. 18 horas nos separaban de uno de los espectáculos naturales más impresionantes que el hombre puede observar… ¡¡Las Cataratas de Iguazú!! Además, teníamos de nuevo alojamiento gracias al “couchsurfing”… Esta vez, nuestro anfitrión se llamaba Heraldo… Y ya teníamos ganas de conocerle. Pero antes de conocer esa historia, deberíais ver todas las fotos de Buenos Aires: “Fotos de Buenos Aires”.
Un beso desde Iguazú. Un beso desde la selva.